Y esa gana, ese impulso, te salió de adentro y no lo pudiste controlar. Tus dedos, solos, presionaban esas teclas, escribiendo el mensaje que le dejarías en su casilla de correo. Tus dedos, despacio y rápido a la vez, como acariciando tu teclado y como golpeándolo a la vez, como sintiéndolo suavemente y como haciéndolo temblar, fueron escribiendo en pocas palabras una fuerza que te salió de adentro. Escribieron, escribieron por sí solos, guiados por ellos mismos, en un afán de querer sentirse dueños de tu mente. Y lo lograron, claro que lo lograron, aunque sea por un rato, en ese momento, en esos segundos, en esos escasos latidos donde tus impulsos se apoderaron de tu alma, y dejaste de vivir por tí, para darle paso a tus manos, a tus dedos, que escribirían esas palabras. Y así le das paso ahora, sin saber qué hacer más que refugiarte en tus escrituras, acobardada, arrepentida, con una extraña sensación de no saber si lo que hiciste estuvo bien. Extraño decirlo, pero no siempre seguir al corazón está bien. Claro que está bien porque lo que hagas guiada por él, será una cosa que te llene de felicidad, alegría y sentimiento de realización, pero ¿está realmente bien para el otro? ¿Está bien para el corazón de la otra persona? ¿Hasta qué estúpido punto límite debemos seguir a nuestro corazón en búsqueda de nuestra felicidad? ¿Seguirlo y seguirlo, incondicionalmente, por más que sepamos que nuestros actos repercutirán de la peor manera con la otra persona? No. Esto no es así. Esto debe ser previamente calculado, meditado.... Ver de qué manera dejar ser al impulso sin perjudicar al otro. Dejarse actuar sin terminar sobrecargado de responsabilidades, culpas y dolores de alma que preferible ahorrarse. No, uno debe que sentir los impulsos como suyos, únicamente suyos y saber de qué manera llevarlos a cabo...
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jueves, abril 07, 2011