El que no arriesga no gana.
Por ende, el que no arriesga no pierde, tampoco.
Pero qué vale más? El no ganar, o el no perder?
Creo que no ganar por no arriesgarse, es una pérdida de oportunidad completa. Es algo totalmente descabellado... No arriesgarse sabiendo que hay un cincuenta y cincuenta de SÍ o de NO. ¿Qué parte de conveniente tiene quedarse en el molde, si en realidad el molde es igual a haber perdido, haberse estancado, quedado en la nada, sin ninguna conclusión concreta que te diga qué hacer, cómo reaccionar, para dónde disparar...?
Y uno sigue dando vueltas a través de su locura. Una locura interna, una indecisión constante, una sensación de amor mezclada con bronca, fracaso, tristeza, decepción, y desgano, que dan el pie para uno hundirse en una especie de depresión que nos hace sentir poca cosa, mínimos, prescindibles. Nos ahogamos frente a este pesar que no hace más que oprimir nuestra espalda, sentirnos pesados, cargando miles de sensaciones indeseables...
Y no consideramos la posibilidad de resolver el problema. Empezar por eso: intentar cambiar la situación, revirar las cosas, retorcer la realidad. Tomar otro camino, nuevo rumbo, ir detrás de otro horizonte. Descentralizarnos, desenfocarnos, desentendernos de esa realidad para dar lugar a otra nueva, distinta, diferente. Apuntar a objetivos reales, a metas posibles, a verdades concretas, y no a aquellas ilusiones débiles, reflejadas vagamente en el aire, tratando de materializarse frente a nosotros, mostrándose como perfectas posibilidades, cuando en realidad no son nada más que puras tonterías. Dejarlas de lado, para no vivir de ilusiones, sino ilusionarse por vivir. Vivir a pleno, vivir el hoy sin pensar en lo que podría llegar a pasar. Disfrutar cada momento, a cada persona, a cada latido.
Y vivir. Vivir de verdad.
Dar vuelta la hoja. Cerrar etapas. Arriesgarse a cambiar, y lograr el cambio.
Lograr el crecimiento. Lograr la plenitud. Lograr la felicidad.