Cuán mágica que es la música. Cuán hermosa. Cuán especial.
cuán increíble que puede hacer a uno estremecer de sólo escucharla.
Poder escuchar una orquesta. Cerrar los ojos, y no escuchar nada más.
Los sonidos sonando al compás, el sentimiento volcado en eso...
Sentir el corazón latir al ritmo del sonido. Sentir el alma salirse del cuerpo junto con nuestro espíritu.
Espíritu que se escapa para ahondar entre las notas, entre las ondas sonoras.
Espíritu libre desde aquél primer sonido.
Espíritu cantor. Espíritu festivo.
Espíritu vivo.
Y la música ingresa en nuestra mente y nos traslada. Funciona como una foto, como un aroma, como un sabor... Un factor de recuerdos, que nos hace pensar en tantas cosas... Que nos hace imaginar, rememorar, olvidar... La música nos envuelve y nos alza en un mar de sonidos, de notas que se extienden a lo largo de un pentagrama por el cual nos deslizamos, lentamente, hasta caer en un colchón de corcheas, blancas, negras, fusas, semifusas, sonidos que nos alimentan, sonidos que nos dan vida, nos hacen sentir vivos. Y seguimos escuchando, atentos y a su vez distendidos, a la deriva y a la vez protegidos, rodeados de ese extraño sentir que nos produce esta maravilla que es la música.
Y amarla, amarla a cada minuto un poco más, y que cada latido sea un universo más de amor por la música.
Vivir por ella. No poder vivir sin ella.
Vivir a pleno, con ella presente en todas partes, acompañándonos, en nuestra cabeza, haciéndonos sonreír, haciéndonos descansar, haciéndonos descargar...
La música es vida. La música vive por nosotros. Si no hay música no hay vida, y si no hay vida no hay música. Porque la música se interpreta, se vive, y si uno no quiere que esto suceda, entonces la música morirá, y sin ella moriremos nosotros también.