Me gustaría que se corte la luz. Un apagón, extenso, que comprenda toda la luz que me rodea. Que se oscurezca todo, que llegue la noche, que esté nublado, que se forme una negrura impenetrable, capaz de cubrirme por completo. Que repentinamente comience a llover, llover con fuerza, con ganas. Y salir a la calle, mirar la negrura, hacia arriba, y no ver nada: sólo sentir, con los sentidos agudizados, como un ciego que no puede ver, y sentir la lluvia cayendo en la cara, cayendo de lleno, humedeciendo mi alma. Sentir su ruido al chocarse con el suelo, sentir el frío, y no tener miedo. Y de pronto, un rayo. Y de pronto, un trueno. Y aparece la luz, aparece la vida, aparece la fuerza. Esa energía liberada que me hace estremecer. Y luego, el sonido. Tiembla la tierra, tiembla mi cuerpo, tiembla el aire. Y siento como si fuera una música, que me canta al oído, que me inspira, me hace imaginar. Y huelo, huelo con fuerza, y el aroma a tierra húmeda me llena los pulmones, el aroma a electricidad del aire me enloquece. Y nuevamente, otro trueno, nuevamente el ruido, nuevamente estremecerme. Y así sigo, bajo la lluvia, limpiando mi alma, purificando mi ser, haciendo cable a tierra con la naturaleza, con mi naturaleza humana, y sentir. Yo, conmigo misma, bajo esa inmensidad, bajo ese increíble paisaje de oscuridad; un paisaje de sentimiento, espiritual, mágico.
fue un
jueves, abril 07, 2011