Que alguien le diga cuántas verdades hay. 
¿Una, dos, tres verdades? 
¿Mi verdad, tu verdad, su verdad
¿Quién está en lo cierto, quién le miente? 
Ya no soporta la situación. Se esconde, se oculta, trata de esquivar la realidad que le presentan. Y no sabe cómo zafarse, no sabe cómo reaccionar ante lo que está pasando. 
Trató, sí que trató, trató mucho. Trató de ser lo más pasivo posible. De no enfurecerse. 
Lo prometió, claro que lo prometió. Pero las promesas a veces son en vano
El futuro es impredecible, las actitudes son inexactas, todo se vuelve erróneo ante lo que comienza a descubrir. Descubre que el presente era ficticio, que las cosas nunca fueron como las imaginó. Sí, le dolió, y juró asumirlo. Pero no lo logró. El dolor fue cada vez más fuerte y decidió, simplemente, intentar desaparecer. Pero su presente lo amarra a esta realidad que él no quiere vivir. Lo amarra, está atado, atado de por vida. Y su vida empieza a disolverse entre sus dedos, comienza a dejar de vivir, a vivir sin sentido, a vivir poco y menos intensamente. Y se deja morir, despacio, sin siquiera esforzarse en intentar cambiar su destino, dejando que la sociedad, como un asesino silencioso y calculador, se lleve lo poco que le quedaba de humanidad.