Un sueño.

Perdí un sueño una vez.
Salió volando de mi mente para perderse en el aire y depositarse en una de las tantas nubes que cubrían un cielo algo oscuro. Nubes grandes e intensas, cargadas de lluvia, a punto de derramarse sobre mí y sobre mis ojos. Sólo bastó una descarga eléctrica para que comience el chaparrón; ese chaparrón que, luego de precipitarse, despejó el cielo. Pero también borró las nubes: entre ellas, la que se poseía mi sueño.
Aún dudo si fue una descarga eléctrica ordinaria o si fue mi sueño el que provocó la tormenta. Al margen de eso, siendo la chispa o no, el sueño se había perdido, y yo me había quedado vacía. El alma se sanó parcialmente cuando la lluvia, gota a gota, chocó con mi cara, con mi cuerpo y con mi ser. Pero el sueño ya no estaba y la fe que le tenía se echó a perder. Era una flor que regaba cada día y el mundo me la derribó. Quizá fue la televisión que me hizo tener un mal concepto del amor. Quizá me contaron cosas que no eran verdad, o quizá el resto no compartía mi sueño. No logré entenderlo. Y lo perdí. Así de sencillo como soltar un globo relleno con helio. Así como dejar la flor al interperie y permitir que la fortuna se adueñe de ella sin cuidar su destino. Así, lo perdí.
Con los años se sana. Se sana levemente porque el vacío se llena con cosas sin sentido y absolutamente superficiales que no tienen importancia alguna ni relevancia en la historia propia. ¿La realidad? A mí se me había perdido un sueño y no había vuelto nunca más. Era un sueño inocente que habrá surgido a los diez u once años de edad. Cuando comprendí que yo existía gracias al amor de mis papás. ¡Increíble! Soñé un día y me derribaron el sueño el día siguiente. Así de fácil lo hicieron, así de sencillo me hicieron creer que esas cosas «ya no existían». Que la moda era el divorcio, el odio y la competencia. Eso decía la tele. Eso decían los diarios. Las revistas de chimentos. La regla era el desorden y la falta de ley. La fidelidad no existiría nunca más. Hasta se "promulgó" la frase «nadie muere sin ser cornudo». ¿En serio? ¿De verdad mi mamá va a engañar a mi papá, o viceversa? ¿Eso era lo que se avecinaba? Estaban aniquilando mi sueño: lo tomaron de los pelos y lo acribillaron frente a mis ojos. Saborearon su sangre mientras se derramaba a mi alrededor, y vi el rojo reflejándose en sus ojos cantando la victoria ante una nueva víctima capturada. Me estaban obligando a formar parte de un régimen: almas llenas de ego, narcisistas inescrupulosos, pisándonos las cabezas.

Reencontré mi sueño un día.
Ya había olvidado que alguna vez lo había soñado. Había olvidado el placer que me generaba su sabor: era placentero soñarlo y prolongarse en el tiempo flotando sobre él. Era un sueño tonto para algunos, un objetivo de vida para otros, una parte del ciclo vital del ser vivo según la biología. Pero para mí era un sueño único que había dejado de tener sentido desde el día que se desprendió de mí. Desde que sentí que las esperanzas se habían agotado y que el mundo estaba destinado al sufrimiento.
Y así me sentía yo. Historia escrita. Destinada a. Seré algo porque la vida así lo dispone. ¿Y perseguir los sueños? Aún aquellos que huyeron -o que dejé ir- como aquel pequeño sueño que me hacía latir el corazón.
Así y todo, negada a soñar con eso, apareció. De la nada, bajo la luz de una luna blanca, vi un extremo de una cinta rosada. La seguí hasta doblar una esquina, con el corazón latiendo a más no poder. Recorrí las calles viendo esa cinta deslizarse por el asfalto. Cuando tomé la calle del boulevard, se elevó tiernamente para acariciar los árboles. Liberó un sutil aroma a álamo, tan familiar para mi alma. Me sentía en casa, pero tan solo estaba siguiendo a una cinta rosada, que entre giros y virajes, dobló hacia la derecha. Doblé tras ella y vibré en el empedrado, y la cinta sobrevolaba la calle grisácea.
Tras pasar una esquina amarilla, se detuvo en unas rejas blanquecinas, las cuales atravesó. Por debajo de la puerta, ingresó en ese hogar.
Detuve el auto y esperé. Conocía ese aroma, conocía ese sabor, ese placer, la victoria en mis labios.
Una cara se asomó y abrió la puerta. Abrió los brazos. Abrió el alma. Allí había terminado la cinta: impregnándose en sus labios rosados tan increíblemente hermosos.
Sonrió y pareció como si el brillo de la luna se depositara en cada uno de sus dientes. Sus ojos eran mi hogar y yo quería vivir ahí para siempre.
Me estrechó en sus brazos y lo supe: alguna vez, bajo la lluvia, años atrás, mi sueño se derramó sobre alguien, alejándose de mí. Ahora encontraba, por fin, el poseedor de mi sueño. Y, a partir de ahora, poseedor de mi alma, mi vida y mi entereza.
Me devolviste la ilusión de amar. De la entrega y el amor incondicional. Volvió el sueño a mí. Sólo que antes no tenía cara... Y ahora, allí, tu sonrisa como estandarte para cada día.