Volví a sentir tus manos como la primera vez. Tus abrazos resintiendo en mi alma de la misma manera que ese día, entre bombillas blancas de bajo consumo, entre notas musicales de alguna banda reconocida, entre olor a noche, a invierno, a bienvenida, a estufa prendida, se imprimieron en el alma y se quedaron para siempre.
Olí tu pelo y me llené los pulmones. Volví a estar completa desde aquella vez. Se recuperaron unos órganos, se reconstruyeron otros. Se cerraron heridas, cortes. Se borraron cicatrices. La sangre volvió a fluir y me devolvió el rosado a mis mejillas. Me devolvió el calor a cada lugar del cuerpo. Y de pronto, mi piel se estremeció, mi pelo se erizó, mis músculos temblaron: allí estabas, tocándome. Allí, por primera vez, encontrándonos los dos en un abrazo infinito, en un mimo único que sólo consistió en acariciar las manos, acariciar los brazos, acariciar la espalda. Un gesto, una señal, y sentí amarte. ¿Qué era eso? ¿Quién lo dijo? ¿Quién lo dispuso de esa forma? ¿Por qué ese día, y no antes? ¿Por qué no después? Era en ese lugar, a esa hora y en ese instante, con esas dos almas que felices caían en la cuenta de lo que estaba sucediendo: se estaban disipando del cuerpo. Se volvieron cintas, se encontraron entre sí, y se ataron los cabos.