Quiero entender una cosa y tengo miedo porque no lo puedo entender. Quizá no logro entenderlo porque tengo miedo de que lo que entienda no sea lo que espero. Todo esto avanzando sobre mí haciéndome sentir inútil, testaruda, terca. ¿Y qué si no está bien lo que hago? Si no es el camino correcto, si es otro el sendero. Si cuando el camino se bifurcó elegí mal. Eso, "elegir". ¿Qué queda ahora? Yo elegí. Yo me arriesgué. Yo venía marchando por caminitos dibujados con lápiz. Lápiz de grafito, gris. Nada de colores. Nada de sabores. Los trazos eran malísimos en todos lados porque yo me los fui dibujando, pero me gustaba tanto ramificarlos en mil pasillos que me divertía viviendo, y avanzando, y dibujando, y eligiendo por cuál ir. La mayoría de las veces me aburría y podía volver... si no me adentraba mucho y me perdía. Pero casi siempre me acordaba cómo ir para atrás. Había veces que ya se hacía imposible porque las lluvias me humedecían las hojas anteriores y no podía distinguir el camino. Otras veces, tormentas me destruían los dibujos por delante... y sólo quedaba una opción: dibujarme un nuevo camino de costadito y salir corriendo por la tangente. Alejarme rápido de la tormenta. De la imposibilidad de regresar. De la realidad desarmada, completamente destrozada, prendiéndose fuego, volviéndose ruinas. Rescatar el lápiz de donde quiera que esté y trazar con toda la velocidad un pasaje que me lleve a un lugar bien distante, que ni siquiera me deje ver el desastre que quedó. Y quizá ahí, avanzar más despacio mientras voy recuperándome, borrando día a día las imágenes de la mente, haber visto el piso agrietándose, los dibujos todos rotos, el corazón lastimado al ver la muerte de la obra.
Y esto sucedió. Y así fue, así lo hice: fui por un camino que cayó en pedazos, y tuve que escaparme hasta otro dibujo, volver a trazar. Más precavida decidí detenerme un poco, decidí acotar las opciones, intentar confundirme menos, no equivocarme (y cómo pretendía saber si me estaba equivocando, si en realidad la equivocación la notaría vivida la experiencia...). Me dibujé un camino que, paso a paso, terminó desembocando en unos ojos brillantes que me miraron a través de la oscuridad. Ojos que yo no estaba dibujando, ni tampoco dibujé la impresión que me generaron, como hacía siempre. Siempre acostumbrada a crearme un sentimiento dentro, a inventarme una historia, ponerle pasión al ritmo. Pero esta vez, esos ojos me miraron, y sus manos tomaron pinceles que me acuarelearon por completo. El universo dejó de ser color blanco y grafito. Mis senderos fueron marrones, los árboles laterales se pintaron de verde. Los frutos tenían sabor y los pájaros cantaron. Se escuchó a lo lejos la corriente de un río fluyendo. Se escuchó a lo lejos el ruido del viento. Sentí el calor del sol y la magia de su luz. Y todo de allí: todo salía de esos ojos que no paraban de mirar.
Miré esos ojos, guiñándoles un ojo, y ellos respondieron sonriéndose. Me di vuelta y tomé la goma, decidida. Despacio, borré el sendero. Todo aquel sendero que ya había caminado, incluso aún los que no había explorado. Borré otros árboles, otros frutos, otras flores. Borré el sendero más ancho y aquel que tenía más ramificaciones. Borré todo lo anterior, absolutamente todo. No quedó nada. Como si jamás hubiese existido. Como si nunca lo hubiese recorrido. A partir de este día mi camino empezaba en un punto: allí, donde había aparecido el color, donde había encontrado a los ojos más increíbles del mundo.
Me volteé nuevamente y esos ojos lloraban. Creo que era emoción, porque mis ojos lloraban también, pero de pura felicidad. Sabíamos lo que estaba pasando, sabíamos qué se venía y colocamos todas las fichas allí, entre esos colores, en esa luz increíble, en esa vida que había surgido de pronto, llenando todo, llenando mi mismísima alma. Corrí hasta su sitio, y sólo se extendió una mano. Era comprensible: me entregó todo el color, y yo ¿qué le había dado? ¿cómo haría ahora yo para pintarle su mundo si lo único que había manejado en mi vida era un lápiz de mina? ¿cómo explicarle el amor que sentía, así, de la nada? Así que decidí empezar como podía: desde mi mundo en blanco y negro, escribiéndole las palabras más lindas que se me podían ocurrir. Imaginando posibles, futuros inciertos pero emocionantes, un camino sin fin, poema tras poema, verso tras verso, trasmitiéndole el sentimiento. Sería duro, sería un largo camino, pero no me importaba cuánto podría llegar a estar trabajando en eso: era mi sueño, era mi momento. Pero yo elegí, yo me arriesgué. Quiero entender si lo hice bien y tengo miedo porque no lo puedo entender. Quizá no logro entenderlo porque tengo miedo de que lo que entienda no sea lo que espero. Todo esto avanzando sobre mí haciéndome sentir inútil, testaruda, terca. ¿Y qué si no está bien lo que hice? Si no era el camino correcto, si era otro el sendero. Si cuando el camino apareció, elegí mal. Eso, "elegir". ¿Qué queda ahora?
Queda volver a elegir. Volver a elegir y pelear por que los colores prevalezcan. Porque no se vayan, no se apaguen, no se borren. No tengo vuelta atrás. Ya olvidé cómo dibujar senderos. Sólo sé escribirle palabras de amor. Sólo sé decirle que amo su color. Sólo sé latir para brillar, y que él brille también. Esa es mi nueva elección. Seguir allí, otra vez. Seguir ahí, prevalecer en el tiempo, seguir insistiendo hasta que aprenda qué es lo que siento.
Hasta que pueda creer en mí.
Hasta que descubra que le entregó sus colores a la persona correcta.
Hasta que entienda que puede ser capaz de ser imprescindible para otra persona.
Hasta que se dé cuenta de la magnitud de su obra.
Hasta que comprenda que me completó, por completo.