No pasó ni una semana y llegó el día de la tristeza.
Despertarme fue difícil, otro día más sin verte a mi lado, sin tener tu cara próxima a la mía, mirándome apenas despierta, o con los ojos cerrados, aún entre sueños, cuando me despierto antes que vos y aprovecho a contemplarte en la paz que representa tu profundo descansar. Luego de varios intentos de empezar mi día logré hacerlo, luchando con mi mente que me pedía seguir durmiendo, me pedía irme a ese mundo en el que puedo crear la realidad que yo quiero, en donde aparece tu cara a mi lado constantemente, en donde estás presente todo el tiempo, besándome en la cara y agarrándome de la mano, y siento tu calor aún en sueños, tan intenso, tan confortable, tan tuyo, único. Y yo que siempre estoy fría te agradezco ese calor con una sonrisa y me abrazo fuerte a vos, te abrazo porque te amo y porque hacés a la vida más hermosa, al Universo mismo. Y el Sol no brilla tanto si no brilla para los dos, ni la Luna ilumina la noche negra, ni las estrellas titilan tanto, ni el viento sopla tan fuerte ni los pájaros cantan tan fuerte. Mis sentidos se acallan, se meten hacia adentro, sin prestarle tanta atención a esta realidad, que me gusta, pero no tanto como cuando estás. Te sigo sintiendo cerca, al alentarme, al decirme que no baje los brazos, que me levante de la cama, que vaya a hacer lo que quiera, lo que pueda, lo que tenga que hacer. Que vaya a vivir, que no me deje vencer por la tristeza, que tanto me acecha cuando mi energía se debilita, cuando me hago pequeña.
Estás lejos, más lejos que nunca, y así será por unas cuantas semanas. Me creo esa idea de que falta poco, de que el tiempo pasa rápido, pero no quiero que pase rápido, no quiero ver pasar la vida por delante de mis ojos mientras me hundo en mi afán de que pase rápido, de que pronto te encuentre de nuevo. Y ahí se genera el conflicto, el conflicto del ser: lo que quiero es dual, y me abrumo, me imposibilito disfrutar. Ahí está ella, la ansiedad, apareciendo, acechándome, como lo hace hace tanto, como lo hizo siempre, desde que el futuro me empezó a dar miedo, desde que tuve miedo a perder, tanto que hasta temí perderme a mí misma. Miedo que surge de vez en cuando, cada vez menos, pero sigue, sigue y vuelve, y me saluda. Y lo abrazo, lo asimilo, entiendo que ya va a pasar, que va a durar poco, que es cuestión de tiempo.
Y aparecés vos, con tu fuerza enorme, con tu brazo que abraza, con tu mano que sujeta y no lastima, con tus ojos de esperanza. Me das fuerzas para creer que realmente va a pasar, que no es más que una nube en un cielo turquesa, que solo puede tapar el Sol por un rato, pero el Sol siempre siempre vuelve a salir, siempre vuelve a iluminar, a amarnos a los dos con su calor increíble, ese calor que supo darnos la energía para seguir después de salir del mar frío, esas tardes de olas y tablas y miedos vencidos y ánimos y adrenalina. Esos días de playa deseados todo el año, toda la semana previa, con los rituales de cocina que anteceden a la partida, con las comidas en la ruta y los besos y las miradas, y todo eso que cada vez que lo imagino me dibuja una sonrisa en la cara. Cierro los ojos y me doy cuenta de que todo lo que hacemos es grato, es maravilloso, me hace sentir amor. Y te cuido más que nunca, te deseo y necesito, te abrazo con todo el cuerpo, te beso en la frente antes de que te duermas, y te miro mientras soñás que estoy ahí, que te estoy acompañando.
Corro debajo de los eucaliptos, escuchando mi música que tanto me gusta, esquivando gente, concentrándome en mi respiración, en mis zancadas, en mis pensamientos. Corro y te veo al lado, como si corrieras conmigo, como lo hiciste tantas veces. Me decís que no me detenga, que yo puedo, que soy capaz. Otra vez ahí, luchando conmigo paso a paso. En mi ansiedad, en mi tristeza, en mi extrañeza, con mis miedos, con mis metas, mis objetivos. Ahí estás, nunca dejás de estar. Me hablás in mente, te escucho continuamente. Otra vez: no estás, pero estás. Y no veo la hora de llegar a casa y escribirte que te amo, que sos lo más lindo que crucé en la vida. Y agradezco a los astros, a la energía cósmica y a la entropía del universo el haber cruzado caminos, el haberte encontrado, y abrazado desde el primer día, creyendo en tu paz, en esa sensación que me provocás cada vez que te tengo al lado, que me hace sentir mejor persona y mejor amiga.
Día seis. Ni una semana. Y aún así, el amor no para de crecer. Como si no tuviera límites. Como si todo esto que me une a vos fuera una infinitésima parte de todo lo que se viene. Como si mi mayor sentido en la vida fuera darme. A vos. Que tanto te das a mí. Que tanto me das. Que tanto me amás.