día 3

La mejor parte de escuchar una canción que me hace pensar en vos, es pensar en vos.
Canciones que me hacen imaginar que no estoy ni en ese tiempo ni en ese lugar. Da un vuelco el entorno y me ubico en otro momento. Es de día, no de noche. Hay un Sol posándose sobre el océano, en plena tarde. Es el ocaso, es la puesta. Debe ser una ciudad oeste.
Tengo medio brazo asomando por la ventana abierta de par en par, mientras mi mano derecha sujeta un volante. Circulamos en una autopista repleta de palmeras. Una muñequita hawaiana reposa sobre el plástico de la camioneta. Una ola de pañolenci se mueve de lado a lado con esa tablita blanca que te regaló Salo. Miro a mi derecha y vas ahí sentado, mirándome. No sé bien en qué ciudad estamos, supongo que lo que vemos es el Pacífico. Quizá sea California. El cielo rosa anaranjado nos besa los ojos y nos miramos sonriendo con esa sonrisa inmensa.
No puedo explicar lo intenso que fue imaginar todo eso, pero quizá pueda dar una idea, diciendo que dudo si acaso pasó, si no fue simple imaginación sino una imagen de esta u otra vida pasada, en la que viajábamos en camioneta con un cielo rosado y un Sol posándose al oeste.
Miro al cielo que me rodea, ahora sí, negro azulado, lleno de nubes. Siento el viento soplarme la cara como sentí tu respiración tantas noches a tu lado. Estoy acá, estás allá, son otros horarios pero el cielo es el mismo. La misma luna. El mismo sol. Alguna ráfaga trae tu olor. Cierro los ojos y sonrío, feliz de que llegue.

El estar cerca de tu familia me hace sentir que sigo conociéndote un poco más día a día. Sigo entendiéndote y descubriendo cómo sos, cómo son quienes te rodean, cómo te tocó atravesar la vida, sobrellevarla y usarla a tu favor. Compartir la emoción con les dos que te dieron la vida, y con quien fue tu confidente y compañera de aventuras incondicional, es un privilegio. Y te agradezco por ese regalo, justo antes de irte. 
Me acuesto en la cama, vacía y fría, demasiado grande sin vos, ordinaria sin vos. Una cama más, un simple lecho de reposo. Un espacio insulso sin tu piel suave, sin tu aroma, sin el sonido de tu respiración.
Abrazo la almohada en un intento de cortar distancias.
Un día más, de emociones mezcladas, de amor incondicional, que no para de crecer. Ese que me hace imaginarte en cada Universo. Ese que me pide que me entregue a este amor, que me deje llevar, que me reactive.
Gracias por esta energía maravillosa. Es todo lo que provocás.