día 1

Primer día entero sin vos.
Lo amanecí mirando por la ventana del edificio que tantas veces nos vio amarnos con locura. Amanecí aferrada a tu perro, abrazando tu almohada, envuelta en una campera que me dejaste.
Desayuné con lágrimas en los ojos pero una sonrisa amplia, llena de paz. Desayuné mirando ese pino que tanto nos gustaba mirar juntos. Respirando hondo, viviendo el momento, agradeciendo por la comida de cada día.
Tubo me observaba con esos ojos con los que me mira siempre, los mismos que te miraban a vos, con el amor que tanto lo caracteriza, pero con extrañeza y tristeza, con la nostalgia de saber que no estás, que hoy para él sos olores en el aire, sos prendas de ropa que siguen manteniéndote ahí, presente, en cada espacio, en todo lugar.
Veía a mi alrededor y sensaciones extrañas me recorrían el pecho. Se me compungía el corazón, como si realmente ahí estuviera el alma, como si realmente ahí estuviera esa parte de mí que me hace sentir todo lo que siento, como si dentro de mi pecho guardara el sentimiento, el amor tan intenso, el latido que bombea la sangre que alimenta las células de mis brazos que te abrazan, de mis piernas que te envuelven, de mi boca que te besa, mi mente que te piensa, mis ojos que te miran. Y cierro los ojos y estás. Logro transportarte a mi lado, siento la suavidad de tu piel y la calidez de tus besos, y escucho tu voz y te miro a los ojos. Estás acá adelante, puedo verte y hallarte en el espacio. No quepo en mi emoción de haberte amado tanto y vivirte en el presente, vivirte en el momento, en cada aquí, en cada ahora, que logré asimilarte en mi interior y verte en cualquier lado, en cualquier lugar. Latís conmigo, me abrazás en el llanto, reís al mismo tiempo, y no dejás de sujetarme la mano y caminar a mi lado.
Tuve la suerte de desayunar con tu mamá y verte ahí, presente en sus palabras, en su rostro. Compartimos la emoción de extrañarte y saber que estás yendo en busca de tus sueños, que te vimos entrar a un aeropuerto con una sonrisa en la cara y los ojos llenos de amor. Que te fuiste siendo consciente de que no estás solo, de que te rodea el amor verdadero, ese que no entiende de fronteras ni límites ni tiempos ni horarios cambiados ni de idiomas ni de rencores ni de enojos ni de envidias. Ese que solo entiende las cosas por su nombre, sin dobles sentidos más que chascarrillos para alegrar el alma y entretener la vida. Ese que se entrega día a día, en la simple compañía, en una comida, en un grito de aliento, en la tolerancia y la atención, en el cuidar al otro, en los nervios de la espera, en la incerteza del futuro. Futuro que tanto miedo da, pero que nos deja pensar en metas tales que los caminos sean tan gratos y felices como los mismos sueños. Futuro que no nos importa tanto porque el camino en compañía es magnífico.
No dejo de sorprenderme de la persona que sos, feliz de saber que me acompañas día a día, aún a miles y miles de kilómetros de distancia. Lloro un poquito, más todavía con este tipo de palabras, que incendian el pecho de amor y abrazan al alma con muchos sentimientos mezclados, mas no duales, sino sinceros y seguros. Sentimientos que brotan indefinidamente, con tu cara mirando, tus ojos semiabiertos, tu boca en media sonrisa, y tus manos calientes y suaves sujetando mis manos frías, que reclaman hoy el calor de tu cuerpo, conformándose con la imaginación, con esos recuerdos que me ayudan a crearte en frente mío, escucharte y sentirte. Amándote todos los días un poquito más, como si acaso esto no tuviera límite. Y te extraño, pero sin dolor. Te extraño con el alma llena de amor. A la vista de volver a verte, abrazarte, y mostrarte que sos mi persona favorita en el Universo entero.
Gracias.