No sé cómo empezar. Tengo una catarata de frases, palabras y sentimientos, contorsionados, mezclados en mi interior. Quisiera poder hacer como hacía hace tiempo ya, tan solo apoyar los dedos sobre mi teclado y dejar que las letras fluyan a través de mis dedos, expresando lo que siento, expresando lo que está sucediendo aquí adentro. Y se me hace difícil por el hecho de no entender qué me pasa. Sí, estoy como en una especie de estado de shock, formulando incontables preguntas hacia mi misma. Cuestionándome quién soy, qué hago acá, a quién me corresponde amar. Si el sentimiento de amar tan equivocadamente es un sentimiento que tiene que seguir existiendo, o acaso debo reprimirlo otra vez, reprimirlo como alguna vez lo hice, y tanto dolió. Y lo intento, juro que lo intento, pero el hecho de haberlo sacado a la luz me hizo caer en la cuenta que ya no lo puedo ocultar. Tal vez sea cuestión de dejar pasar un poco el tiempo y comenzar a pensar en otra cosa, dejar que mi mente salga durante un rato de mi cuerpo, que vague por el universo, que se desconecte del corazón. Que los pensamientos desaparezcan para no volver, que el amor se vaya para no reencontrarlo jamás. Sí, es hermoso el sentimiento de amar, hermoso el hecho de querer dar la vida por el otro, dar todo, cuerpo y alma, por el amor de la otra persona. Pero difícil, cuán difícil se hace, cuando el amor no se corresponde, cuando tan solo puede uno llevarse una pequeña tajada del enorme pastel. Cuando no accede al todo sino a una parte, parte que, por el hecho de ser parte, no llena, sino que ocupa un pequeño lugar. Y sí, el alma entra en estado de éxtasis, y uno se siente el más afortunado, con toda la dicha del planeta, pero, ¿y después? ¿Qué es lo que pasa después? ¿Qué pasa una vez que todo se cae, desaparece, se disuelve, para no ser más que recuerdo, que momento pasado? Cuando las cosas pierden toda probabilidad de proyección, de futuro, ¿Qué le queda al enamorado? Aquel que conserva el amor, aquel que ama con la piel y con la sangre, que ama con los huesos. ¿Qué le queda al enamorado, que ama a la vida, pero ama aún más a alguien? Alguien que le cambia la vida, alguien que le da luz a sus días con tan sólo una sonrisa, una palabra, una noticia. Alguien que le cambió el modo de existir, de ver las cosas. Ese, el enamorado, se ve perdido, se ve solo, perdido entre la niebla, preguntándose una y otra vez el por qué de las cosas. Sólo desea volver a sentir el sabor embriagador de los labios del amado, sólo desea volver a sentir su respiración cercana en el oído, como la respiración propia de uno, sólo desea sentir nuevamente su pecho contra el del ser amado, sintiendo sus latidos en todo su cuerpo, y sintiendo los latidos del amado, también, como acompasados. Y respirar al mismo tiempo, y besarse. Y abrazarse, y besarse. Y sentirse, y besarse. Y entregarse con pasión, con lujuria, a la locura del amor. El amor oculto, escondido, oprimido. Amor que esperó siglos el poder salir a la superficie, luego de sentirse ahogado durante tanto tiempo. Amor que fue transmitido con el simple objetivo de darse al otro, de darle amor al otro, e intentar transmitirle, al menos, una millonésima parte del amor que el enamorado siente por el amado. Y una vez hecho esto, una vez alcanzado este punto, ¿cómo retornar? ¿cómo volver atrás? ¿cómo hacer de cuenta que en realidad nada pasó, que las cosas quedaron tal cual estaban, estáticas, sin ningún tipo de avance? ¿cómo dejar, ahora, las cosas como lo eran antes? Si cambió la forma de mirar, la forma de sentir, la forma de ser, y pasó a ser un alma perdida, feliz por un lado, entristecida por el otro. Insatisfecha en la satisfacción. Apasionada, dolorida y desgarrada, sentada en una esquina del infinito, con los cabellos al viento, con su media sonrisa, con sus ojos perdidos. Siente que dio, que recibió, pero ¡cuánto más le queda para dar! ¡Cuántas noches de amor, interminables! ¡Cuántos días de pasión, inimaginables! Cuántos momentos de compartir, inseparables. Noches, días y momentos, que jamás serán dados, sino que se quedarán, reprimidos, muy adentro de su corazón.
Y mira hacia la noche, canta, y se arroja.