Qué difícil luchar contra la fiebre espiritual. Esa que deshoja la razón y nos despoja de cualquier criterio.
Difícil encarar una contracorriente con un corazón cansado y con ganas de yacer tendido en un sitio calmo, donde el olor a primavera invada el aire, no se escuche el alboroto de la ciudad, y los rayos de sol aclimaten el ambiente del día.
Difícil luchar contra un espíritu rebelde, porque en la lucha se intenta calmar, y la única manera de calmarlo es reduciéndolo a la nada misma.
Difícil asesinar a sangre fría a aquello que mantiene la luz y la sed de ser.
Difícil encarar una contracorriente con un corazón cansado y con ganas de yacer tendido en un sitio calmo, donde el olor a primavera invada el aire, no se escuche el alboroto de la ciudad, y los rayos de sol aclimaten el ambiente del día.
Difícil luchar contra un espíritu rebelde, porque en la lucha se intenta calmar, y la única manera de calmarlo es reduciéndolo a la nada misma.
Difícil asesinar a sangre fría a aquello que mantiene la luz y la sed de ser.