Del suave susurro de la noche infinita, se desprende un nombre. Otro más del haber.
Interminable listado de almas que habían endulzado parte del pasado.
Interminable listado de almas que habían endulzado parte del pasado.
Pareciera que a cada paso dado, pisaran con más fuerza, haciendo notar su presencia.
Inunda los pensamientos, acongojándose el ser.
Se esfuerza en negarlo rotundamente, pero no puede.
Pelea constante con su razonamiento, que pone límites al sentir, buscando explicaciones, inútilmente.
Brisa lóbrega de madrugada, protección de luz ultravioleta.
Pero no así del aroma a primavera que inunda el aire.
Pero no así del aroma a primavera que inunda el aire.
Asocia aquel nombre con el recuerdo olfatorio.
La quintaesencia de la percepción humana. Sentido nuevo, energía vieja. No en ella, sino en la historia de la naturaleza.
Era ese momento de percibir que el alma lleva recorridos miles de años.
Y que asga un bastón para mantenerse bipedestando.
Por un momento la historia se hace carne.
Era ese momento de percibir que el alma lleva recorridos miles de años.
Y que asga un bastón para mantenerse bipedestando.
Por un momento la historia se hace carne.
Gana materia, y parece cimentarse sobre la espalda, pesándole incómodamente.
No logra llorar o reírse. Su rostro arrastra la facie simbólica de la añoranza.
No logra llorar o reírse. Su rostro arrastra la facie simbólica de la añoranza.
Nostalgia barnizada con el amor milenario, puro de raíz.
Del amor que surge tras la apreciación del nacimiento de una flor desde la tierra.
Flor que alguna vez fue sólo una tierna semilla.
Olvidando los fundamentos biológicos, piensa en la magia de su nacer, al verla desenvolverse suavemente.
Desenrrolla sus hojas como si bostezara.
Abre sus pétalos, sin miedo a marchitarse.
Expone su néctar, sabiendo que atraerá numerosos abejorros sedientos.
Dulce belleza de la narración, enriquecida en la retórica.
Dulce belleza de la narración, enriquecida en la retórica.
Sin otro fin que el deleite y la apreciación humana.
Belleza como necesidad.
Tan necesaria como el pan de cada día, como el agua en la garganta
Tan necesaria como la introducción en el mundo de lo onírico.
Del suave rostro de la luna que brilla en la noche infinita, se desprende una luz.
Cae blanca sobre el semblante, hasta ahora incoloro, para denotar un suave rosado en las mejillas escarlatas.
Cae blanca sobre el humo de los cigarros, que se volatiliza en el aire.
Cae blanca sobre los vasos de cerveza, las caras de la gente, los cuerpos de dos seres.
El nuevo nombre resuena en el aire desde que el calor de una mejilla ajena se posó sobre la suya, en esa noche no tan cruda, cuando aún no finiquitaba el invierno.
Mejilla que ya no volverá a ser la misma.