Hagamos memoria. Preguntémonos.
¿Cuántas veces dimos la mano? ¿Cuántas veces nos preocupamos por saber lo que tenía, más que por conocer de qué forma atravesaba eso que padecía?
Interrogar, preguntar a fondo, complejizar, caracterizar. Un bicho que da enfermedad. Una enfermedad que atosiga a un paciente. Paciente que olvidamos que es persona.
Siente, llora, ríe. Tiene una rutina. Tiene un entorno. Vivencia, asimila, recoge estímulos del ambiente. Reconoce miradas y gestos. No hace falta entender las palabras complejas y hegemónica del vocabulario médico para reconocer la mala noticia. No hace falta ser doctorado en ciencias biológicas para comprender cuándo se aproxima un futuro de mal pronóstico.
Pero esto no nos lo enseñan.
Y ahí estamos nosotros. Ridículos, expectantes, con los dientes afilados.
Y ahí están ellos. Vulnerables, expectantes, con la salud debilitada y tan cerca del límite.
Límite que nos empodera al saber que dependen tanto de nosotros. Límite igual de ridículo como nosotros, por creer en esa hegemonía. Creer en la ciencia, ver la punta del iceberg, olvidarse de aquella parte que ocupa la mayor masa: invisible para el que no sale a buscar, para el que no quiere ver.
Retomar el camino holístico que tantos en la historia se esforzaron en construir.
Retomar la fe en la medicina. Médico que acompaña, y quizá también cure. Pero por sobre todo acompaña, más allá de toda crítica...
...y si la medicina es el otro...
¿Cuántas veces dimos la mano? ¿Cuántas veces nos preocupamos por saber lo que tenía, más que por conocer de qué forma atravesaba eso que padecía?
Interrogar, preguntar a fondo, complejizar, caracterizar. Un bicho que da enfermedad. Una enfermedad que atosiga a un paciente. Paciente que olvidamos que es persona.
Siente, llora, ríe. Tiene una rutina. Tiene un entorno. Vivencia, asimila, recoge estímulos del ambiente. Reconoce miradas y gestos. No hace falta entender las palabras complejas y hegemónica del vocabulario médico para reconocer la mala noticia. No hace falta ser doctorado en ciencias biológicas para comprender cuándo se aproxima un futuro de mal pronóstico.
Pero esto no nos lo enseñan.
Y ahí estamos nosotros. Ridículos, expectantes, con los dientes afilados.
Y ahí están ellos. Vulnerables, expectantes, con la salud debilitada y tan cerca del límite.
Límite que nos empodera al saber que dependen tanto de nosotros. Límite igual de ridículo como nosotros, por creer en esa hegemonía. Creer en la ciencia, ver la punta del iceberg, olvidarse de aquella parte que ocupa la mayor masa: invisible para el que no sale a buscar, para el que no quiere ver.
Retomar el camino holístico que tantos en la historia se esforzaron en construir.
Retomar la fe en la medicina. Médico que acompaña, y quizá también cure. Pero por sobre todo acompaña, más allá de toda crítica...
...y si la medicina es el otro...