Lagrimeábanle de angustia los ojos, mientras la humedad de la noche estival atravesaba el tejido de la ventana. Sus hojas abiertas de par en par, recibían la noche que relampagueaba vehemente, con la fruición y el ímpetu de los dioses de antaño. Eolo se hacía un festín con las ráfagas, estremeciéndole el cuerpo, tendido en aquel lecho. Su corazón latía pausado y cansado, respondiendo velozmente a los suspiros profundos y entrecortados que surgían cada cuatro o cinco sollozos. Otra noche más de hastío, en la soledad de un cuarto, en la frialdad de una cama para dos, pero ocupada por uno, que al abrazarse a sí mismo no siente más que frío. Había invocado a Morfeo varias veces, sin resultado. Los pensamientos congelaban la razón, mientras la aguja pequeña horizontalizada formaba un ángulo de noventa grados con la más larga, depositada en las doce. Otra hora más en vano; lo sufriría al día siguiente cuando los rayos del Sol le molestasen en lugar de acunarlo, cuando le costara atender al docente al frente, cuando no pudiera consolidar las memorias. Se escucha una vibración de vez en cuando, pero no le importa, no quiere agarrar el aparato. Busca in mente el origen del dolor, oscilando entre triste y furibundo, impotente ante la ignorancia de sí mismo. Tanta la ignorancia sobre su propia persona. Tanto lo que no sabía de sí, y quería saber, para dejar de sorprenderse cada día de su vida, cuando pensaba en actuar de un modo que después no se correspondía con su real accionar.
Quiere hacer una sinopsis. Se levanta, toma la máquina de escribir, golpea esas letras. Frase que inician con sentido, para perderse en la nada misma al cabo de unos minutos. Temple que se deteriora mientras la ira recorre las terminales nerviosas, haciéndose consciente. Grita, grita con todo lo que puede, golpea la máquina, golpea la mesa, se golpea la cabeza. Dolor físico, se siente tan bien. Calma el grito del alma. Dura poco la anestesia, golpea de nuevo. Una gota caliente y pegajosa se arrastra por el dorso de la mano. La humedad de la noche estival contrasta notablemente con el estado fisico de esa flor carmesí que afloraba. El pulso de la radial retumba en su muñeca, arrítmico, incansable. Sigue latiendo, sigue viviendo. Imperecedero. Y se pregunta cuándo tiempo más pasará hasta asimilar esa angustia que le lleva al llanto. La noche continua en su vorágine, sin descanso. Así es que la Tierra está girando, el mundo marchando, y las agujas informándolo. Ahora, la más larga estaba en el mismo lugar que antes, pero la corta yacía señalando el cuatro. Otra hora más, en la que su alma sigue desgarrando(se). Sigue buscando el origen. Y el aparato nunca dejó de vibrar.