Y bueno... Fue cuestión de arrojarse. De jugarse. De decidir, decir, hacer. De olvidar los problemas, los prejuicios, las causas y consecuencias. De terminar con el dolor, dolor de ambos, dolor que nos arruinaba, que nos carcomía, hiriéndonos tanto, desangrándonos por dentro, inundando nuestros ojos de sangre para cegarnos, para que no podamos ver que podíamos, que si queríamos llegar, lo lograríamos.