Pensando qué hacer, intenta actuar. Pero últimamente todo lo que hacía no era otra cosa que reabrir viejas heridas. Luchando con su propio ser, la mente quiere actuar, su cuerpo, morir, el alma, huir. Las sonrisas que saludaban al cielo cada mañana, empezaban a forzarse, costaban. Y palabras a sí misma eran una especie de consuelo, una serie de preceptos, frases bonitas, armadas, para darle a su corazón, tal vez, algún abrigo ante el frío desalmado, que rugia cada día como arrebatandole la poca vida que tenía.
Y seguía imaginando, inventando, pensando. A veces, sus ocurrencias la hacían sentir fuerte, sentir que podría, que lograría enfrentarlo. Pero cuando razonaba, entendía que esos imposibles no hacían otra cosa que mantenerla sujetada al borde de la locura. Sintiose demente, olvidada, enferma. Sintió que desconocía la vida que vivía. Sintió que los recuerdos eran sólo fantasías. Sintió que su comida ya no era vital; que dormir era en vano, que llorar la angustiaba más aún, que la gente no la miraba. Sintió que era un fantasma que aún no flotaba, que todo la traspasaba, que al suelo estaba aferrada, con sus alas de pichón todavía incapaces de alcanzar el vuelo que ella tanto ansiaba. Y en sus ojos se veía un brillo, que vidrioso se reflejaba; parecía ser lo único de vida que le quedaba, pues ya sus manos, sus piernas, su cuerpo, su cara, se movían por inercia; su corazón latía sin sentido, latia por latir, latido tras latido...