"Princesa, ¿por qué lloras?" un hombre le preguntó.
La había visto, cayendo, sumergiéndose en dolor.
Sentada en una esquina estaba, perdiéndose
entre medio de la oscuridad, de las lágrimas.
"No lo sé" respondió, se sintió confundida,
buscando en su interior una razón que diga
qué era lo que pasaba, lo que le acontecía,
lo que hacía sus noches eternas y frías.
"¿Puedo ayudarte?" le dijo una anciana.
Levantó la mirada, finas arrugas surcaban
su cara, plena sabiduría de la vida,
y su expresión, la notaba algo preocupada.
"¿Le da lástima verme así?" ella respondió.
Pensó que tal vez muy mal se vería,
rogó que tal vez su aspecto haría,
que cuando él pase, pare a mirar, y la vea.
"Eres sólo una niña" siguió esa señora.
Un beso en la cabeza y un abrazo la alentaron.
Pero ella estaba sola, por más que todas esas personas
que por la calle caminaban se sentaran a su alrededor.
"Déjate ya de caprichos" una voz exclamó.
Ella vio una figura aproximándose, despacio.
Las lágrimas secó, y apenas miró, lo reconoció.
Su presencia la mezclaba entre amor y dolor.
"Vete a tu casa" nuevamente escuchó,
la voz se acercaba, el cuerpo acompañó.
Su mano estrechó la de ella, y ahí sintió,
el alma volvía al cuerpo, aunque sólo era ilusión.
"¿Por qué eliges dejarme?" dijo ella, en un impulso.
Y sólo así comprendió la verdadera razón
del llanto, de las lágrimas y del desamor.
El hecho de amarlo, extrañarlo entre dolor.
"No puedo vivir a tu lado si no puedo amarte,
y sólo se me ocurre abandonarte,
y abandonar contigo mi alma, para vivir por inercia,
para vivir sin amor, sin vida, sin nada"
Esa fue su respuesta. O eso fue lo que ella entendió.
Él le dijo "Vete a tu casa", ella tan sólo obedeció.
Y se quedó pensativa, sentada en esa entrada,
mirándolo alejarse por el callejón...