Le hablo. La miró expectante. Escuchó sus latidos, y lo supo. Su dolor jamás había huido. Lo sintió latir y al instante escuchó el suyo. Despacito en silencio renacía entre tanta desazón. Corazón destruido, se agujereó después de mil suspiros de amor, un amor algo tenso, un poco de desolación. Sus palabras ya no eran las dagas que una vez, fácil le penetraban su ser. Un ser que parecía ya no tener destino, un futuro incierto que se asomaría; no amanecería ese día, se secaba la vida que tenía, luchaba contra su propios lamentos, escupiendo recuerdos.
Y miró, y él no la aborrecía, ya no. Se notaba en su mirada un color, y un brillo intenso, dulce, tan perfecto. Lo abrazó, sintió el cambio en su interior, sentimientos mezclados, aferrandose en el corazón. Pero no, no podría quererlo como su cabeza deseaba, sólo decidió seguir el latido de ese pequeño corazón, que a gritos pedía piedad, le rogaba a su dueña una pizca de misericordia, pues ya no volvería a soportar el dolor que le había tocado pasar, ese fuego que había convertido en ceniza cada parte de su alma fugaz.
Y no pudo, y él no aceptó, otra vez no podrían convivir su amor con su amor. Volvieron a caer, en pedazos rompió cada parte de ellos al caer en el suelo, y el corazón de ella ya previó la situación: el dolor más intenso que jamás sintió, el sentir que una parte de sus más profundos adentros se rasgaba, se cortaba, se fugaba, y huía lejos, con él.
Adiós.
fue un
lunes, abril 23, 2012