Otro tren. Y van trece ya.
En una misma noche, en el silencio de la oscuridad, los escucha.
Y su alma se acongoja en una soledad desolada.
Su alma se reprime ante esa imposibilidad.
Imposible gritarlo, imposible decirlo.
¿A quién le diría? ¿Con quién cuestionaría?
Si sólo él la entendía, sólo a él le interesaba.
Sólo con él comprendía los colores, las formas.
Sólo con él el silencio eran palabras.
Sólo con él el cerrar los ojos eran miradas.
Sólo con él el soñarse era tenerse.
Tenerse juntos, tenerse el uno al otro.
Unidas, las mitades... Prometiendo jamás dejarse.
Jamás separarse.
¿Y dónde quedaron esas promesas?
¿Dónde fueron a parar los juramentos?
¿Los sueños? ¿Los deseos?
Quedaron allí, escondidos, en la historia, volviéndose pequeños.
Como se achica su corazón.
Como se achican los recuerdos.
Como se achican las ganas de vivir.
Volviéndose pequeños por debajo de montañas de tierra que, día a día, crecen. Que día a día, se engrandecen.
Como se engrandece su pecho.
Como se engrandece su orgullo.
Como se engrandece su rencor.
Y ella piensa y llora. Quizás él también lo haga.
Pero ella llora. Llora por no tener la capacidad de amar.
Llora porque no sabe odiar, no sabe.
Llora porque no sabe gritar, no sabe.
Llora porque no quiere golpear.
Llora en la noche.
Otro llanto. Y van trece ya.
En una misma noche, en el silencio de la oscuridad, llora amor.
Y su alma se acongoja entre lágrimas saladas.
Su alma se retuerce ante tanto dolor.
Imposible olvidarlo, imposible quitárselo.
¿Cómo lo soportaría? ¿Cómo viviría?
Si sólo él la completaba, sólo él la llenaba.
Sólo él le hacía sentir tan viva.
Sólo él la conocía a la perfección.
Sólo él sabía cómo hacer cosquillas.
Sólo él era lo que necesitaba.
Lo necesitaba junto a ella, necesitaba esa mitad.
Unidas, las mitades... Prometiendo jamás dejarse.
Jamás separarse.