te escribo...

Te escribo desde la cama. Te escribo en la calle, en la playa. Te escribo sentada, en la butaca de un auto, el mío, el tuyo quizás, o el de alguien más. Te escribo en silencio o en una sala alborotada. Te escribo bajo una luz tenue o en una mañana soleada. Te escribo con hambre, con sueño. Con miedo te escribo, de que me leas. O quizá más miedo es que jamás lo sepas, que nunca te enteres de las líneas que inspirás, día a día. Te escribo viajando, apurada, parada. Te escribo también sentada, en casa, relajada. He llegado a escribirte teniéndote en frente. O después del sexo, con tu cuerpo a mi lado. Escribí inmortalizando momentos, sentimientos. Frases que espontáneas acudían a mi mente de un instante al otro, y necesitaba expresarlas. Escribí en medio del llanto, del llanto terrible, de ese que destroza la cabeza de tanta cefalea, que hincha los ojos y la cara, que alarga la noche y aprisiona el dormir. Escribí también entre risas, emocionada de alegría, cuando por primera vez sentí tu cuerpo sobre el mío. He escrito sobre todo, pero aún más repitiendo los recuerdos, haciendo eterno lo vivido, para que no se borre, para que muera conmigo. Escribí por precaución, pues la verdad es que tengo bien claro que se fijaron a fuego todos los sucesos. Más aún tus palabras espontáneas, tus besos dulces en la mañana. Ay de mi suerte al despertarme a tu lado. Ay de mi suerte al ya no tenerte. Mis oídos escuchando tus frases. No sé si preparadas. No sé si escribirlas, quizá pura cursilería, pero para mí eran el mundo, y más allá del mundo, estaba todo lo demás. Y escuchaba esas palabras y sentía el beso tenue mientras me hacía la dormida. Y un beso más, y quizá otro de nuevo. Era como tocar el cielo. De sólo recordarlo se me eriza la piel, de sólo pensar en tus labios besándome el pecho. Dormir a tu lado, la luz del Sol en la mañana, rayos atravesando la ventana, una pared celeste, una cortina azul, tus ojos cerrados, tu cuerpo moviéndose lentamente al compás de tu respiración. Ahí también escribí, después de una larga noche de sentirte mío. Aunque nunca lo fuiste, debí sospecharlo. No ibas a serlo. Sos tan tuyo que debí suponer que no ibas a compartirte mucho más. De haberlo descubierto antes quizá hubiera escrito sobre eso. Pero no pude pensarlo, no pude imaginarlo, ilusa continué hacia adelante en la misma dirección. Te sentí de cerca, te olí una y otra vez, imprimí a fuego en la línea de tiempo de mi vida el momento exacto, el sabor de tu saliva, el peso de tu cuerpo sobre el mío cuando no importaba nada más que tu placer o el mío. Dibujé el contorno de tus hombros con mi dedo índice recorriéndote despacio mientras pensaba en grabar cada segundo allí. Y te recordé, te soñé, me inspiré en tu mirada. Sin que nada más me importara, arriesgué a todo o nada. Escribí mis miedos, mis miedos más profundos, el miedo al desencuentro, a que todo sea en vano, a que ese hermoso cuento sea solo eso, nada más que una narración, pero extraordinaria por cierto. Escribí y sigo escribiendo, en mi habitación, mirando las lucecitas que titilan para mí, que alguna vez pensé que titilarían para vos. Pero no fue así, no esta vez. No las conociste, no las viste nunca, y conservo el deseo de que un día estés acá, conmigo, bajo estas luces, entregándome un poco de lo que sos, un poco de tu corazón. Y por eso te escribo, constantemente te escribo, no por miedo a olvidar porque sé muy bien que esto fue más allá que la simple cotidianeidad y lo que acontece día a día. Te escribo con deseo, con extrañeza, con nostalgia. Te escribo sola, con frío, anhelando el calor de tu cuerpo junto al mío. Tu cuerpo, tan especial para mi, tan único para mi. Tus besos, tan deseados, soñados. Tus besos que quiero todo el tiempo porque cuando me besabas se endulzaba el aire que respiraba. Todo tenía más color que antes, olía mejor. Tus paredes más celestes, tus ojos más profundos. Tu brazo se cruzaba de lado a lado sobre mi cuerpo y yo me sentía afortunada. Y ahora quizá esté sobre el pecho de otra persona, y quizá beses a otra mientras duerme, y quizá otra te mire mientras soñás, y quizá otra se ría de felicidad a la vez que hacen el amor despacio, toda la noche, plenos, disfrutando ese momento como nada, entregados el uno al otro. Y quizá así estés, y quizá no, porque capaz estás solo y realmente querés estarlo. Quizá no te importa ser hogar prendido fuego en la noche tormentosa de alguien, o un médano de arena caliente en el invierno de nadie. Quizá yo fui una más, simplemente, nada especial. Quizá todas las frases que desarrollaste en mis oídos fueron parafraseadas de algún amigo que te dio el toque justo para conquistar almas risueñas; las palabras indicadas en el momento preciso. Probablemente mi mente me traicione y mi cuerpo sienta que el pecho se despega y corre hasta donde vos estás. El alma se estremezca de tanto tener tu cara presente en la mente, se desespere de tanto llorar, de tanto esperar, de temer que no vuelva a pasar. Por eso y tanto más te escribo, te extraño y te escribo, te quiero y te escribo. Deseo que se hace sueño, sueño que me acompaña de día. Tanto pensar que bloquea la razón, tanto pensar que huyo a transcribirlo en palabras, a sentirlo de nuevo. Prosa, poesía, agregarle música y hacer una canción. Si sos música, sos canción, sos arte. Todo me queda corto, no hay suficiente para escribir, no hay palabras que alcancen. Pero lo intento. Por eso te escribo. Y quizá un día lo encuentres, en muchos años, y al leerlo descubras que fue para vos. Lo entiendas, lo veas, se materialice ante vos, con el aroma del recuerdo, la melancolía de lo vivido. O una realidad alterna nos encuentre juntos, ahora, besándonos en silencio. Sin necesidad de escribirte, en esa cama, entre esas cuatro paredes. Quizá en ese universo paralelo no haga falta escribirte. No necesite hacerlo porque podría decirte tantas cosas. Quizá en otra realidad ni siquiera precisaste una coartada para ese "no" certero que me atravesó el pecho como daga al corazón, contándome la respiración. O no existe esta necesidad de escribirte todo el tiempo, con sombra o con sol, con los dedos que se mueven sin parar de un lado al otro, consecuencia de la fluidez de las palabras, las frases que inspirás, lo que sin freno provocás; toda esta sed de escribir y guardar para siempre la brisa de la noche en la puerta de tu casa, cuando esperaba que me abras para pasar en silencio, abrazarte con fuerza, respirar tu cuello, y alimentarme del rocío que tus labios derramaban. Llenarme el cuerpo de vos, y escribir en presente, en día a día, en vivencia actual, no en simple recuerdo que quiero mantener y recordar, que se consolida en mi mente de tanto pensar e imaginar. Que me impide el sueño y me invade al soñar. Por eso escribo, estoy acá. Escribo y lagrimeo de tanto extrañar. Escribo y seguiré escribiendo, con el atisbo de esperanza que caracteriza al alma que no se puede desenamorar. Escribo, te escribo. Sin dudar.