No, señor camionero. No soy su amor. No, tampoco el suyo, obrero que hace la cloaca de Viamonte y Julián Lagos. ¿Y ese silbido? ¿Me confundió con su perro capaz? No soy muy parecida. No, señor, soy una humana caminando por la calle. Acto seguido gritó un "bebé"... Señor, estoy grande, se nota que soy una mujer adulta. No, tampoco soy su perro, señor que va en el carrito. No me chifle así, no me voy a dar vuelta. "Esa colita" es mía, no me interesa tu opinión. Si soy o no una belleza, no me interesa que lo grites. No me importa lo que pensás de mí, la belleza es subjetiva. Sí, estoy mojadita, me acabo de bañar señor, recién salgo del club. No, realmente no sé las cosas que me haría, no son de mi incumbencia. Sí, este dedo mayor es para usted, señor de la moto. Sí, usted que innecesariamente frenó en seco para dejarme pasar y en el interín largar un piropo. Ni lo escuché. No, no te voy a agradecer. No, no te voy a mirar y sonreír. No, no me importa que seguro nadie me quiera coger con esa carita de orto. ¿Por qué te tengo que sonreír a vos? No, no me importa tu cumplido. ¿Qué cumplido? ¿Cumplido de qué? Cumplido le hago a mis amigos cuando se ponen la diez y me cocinan antes de que me vaya a trabajar. Cumplido le hago a mi mamá cuando con todo su amor me cose un pantalón que vio que se me había roto. Eso que usted hizo no es un cumplido. Es un comentario que me hace sentir un objeto. El suyo, el del hombre del carrito, el del chofer del camión, el del obrero de la esquina.
Y usted, vecino expectante, mirando toda la situación. No dice nada, sólo observa. Ve lo que pasa, y no emite comentario. Sólo abrió la boca apenas levanté mi mano formando un "fuck you" sin voltearme a ver al muchacho de la moto falsamente cordial que jugó a dejar pasar a una transeúnte para largar un comentario. Abre su boca, señor vecino. Abre la boca, yo lo veo, y lo escucho claramente. Escucho esas palabras, escucho "qué modales", me relajo, y continua la frase "qué gestito para una chica", me enfurezco, y sigue "cómo cambiaron las cosas... no se les puede decir nada bueno". Caminé más rápido mientras me brotaban las lágrimas. Supongo que el piropo del motociclista no fue una guasada, seguro el vecino lo tomó como un cumplido, seguro al vecino le parecía bien que el señor de la moto me haga un cumplido, seguro el vecino pensó que era correcto, que hay que hacerles cumplidos a las chicas, que hay que piropearlas, gritarles cosas en la calle, chiflarles, bocinearlas, decirles "mi amor", decirles "ay, esa colita", decirles "te hago de todo" o "sabés todo lo que te haría" y variantes. Hay que llenarlas de cordialidades, porque son mujeres, porque a una mujer hay que halagarle la belleza. Porque a la mujer le encanta, ¿no? Le encanta que le griten, la hace sentir una diosa, la hace sentir divina, ¿no? Porque las mujeres son eso, ¿no señor? ¿Objetos? ¿Cosas? ¿Cosas como un jarrón de la dinastía no sé qué, como un cuadro pintado al óleo por no sé quién, como un auto de no sé qué marca que va de 0 a 100 en pocos segundos? ¿Cosas para usar, mirar, tener de adorno y deshechar cuando aparece algo mejor? Y no, señor, salir así vestida no debería condicionar mi caminar tranquilo por mi barrio de toda la vida. No, no debería, tampoco debería escandalizarse, hace calor, y en verano usamos menos ropa, ¿no? ¿O acaso no está usted en cuero? Yo tengo un enterito negro suelto, ¿demasiado provocativo para su mente libidinosa? Y si tuviese un short y una remera escotada o cortita, ¿dónde estaría el problema? Me parece que usted, señor, comprendió mal muchas cosas, pero al menos entendió otras. Entendió que sí, cambiaron las cosas, eso es correcto. También es correcto que piense que no se nos puede decir nada. No, no se puede. No nos interesa. Porque nos cansamos de que nos cosifiquen. Porque a veces nos preguntamos qué es lo que quieren generar en nosotras o qué se les cruza por la mente cuando rompen el silencio de una tranquila mañana de primavera para gritarnos algo en el medio de la calle. Nos preguntamos hasta cuándo, cuánto tiempo más. Cuántas veces más, cuántos piropos más, cuántos chiflidos o bocinazos que nos rompen los oídos. Cuántas personas más van a mirar todo desde afuera, contemplándonos y quejándose de nuestras actitudes, de nuestros "gestitos", de nuestras respuestas, del momento en el que respiramos hondo, cruzamos las calle, los miramos a los ojos y les decimos "basta". Basta por favor. Basta.