Creo que no hay nadie que sepa más de nosotros que nosotros mismos.
Sabemos cómo nos sentimos, cómo vivimos, cómo odiamos, cómo amamos.
Sabemos cómo nos cae cada cosa que sucede a nuestro alrededor.
Sabemos cómo influye, día a día, el entorno en nuestros sentimientos...
Lástima que las demás personas no puedan, por un momento, una milésima de segundo, ponerse en nuestro lugar.
Ponerse en nuestros zapatos, para que un rato se sientan como nosotros.
Sientan el dolor, la vulnerabilidad, el sentirnos poca cosa ante los demás.
Los demás, aquellos que nos rodean.
Los de arriba, los de los costados.
Aquellos, que no piensan en los demás.
Aquel, aquel que nos maltrató, que mire con nuestros ojos y que sienta cómo nos sentimos cuando hacen lo que hacen.
Aquel, aquel que nos hirió, que se ponga en nuestra piel y que sienta cómo nos sentimos cuando actúan como actúan.
Aquel, aquel que habló, que escuche con nuestros oídos y que sienta cómo nos sentimos cuando dicen lo que dicen.
El hombre es cruel, los chicos son crueles, los adolescentes son crueles.
El ser humano es cruel, poniendo ante todo sus propias comodidades, beneficios y satisfacciones, dejando de lado el interés del otro, la intención del otro, el corazón del otro.
Las palabras pueden lastimar más que millones de golpes.
Pueden herir, hasta desangrar.
Pueden llevar a situaciones extremas, horribles, espantosas.
Porque el ser humano se diferencia del animal por la capacidad de razonar, poder sentir, poder hablar.
Pero las palabras lastimosas, dichas con crueldad, son el punto humano más inhumano que hay.