Y de repente, mirar alrededor y no ver más que rayas. Rayas por todas partes. Rayas en todas direcciones. Rayas rodeándolo, acechándolo. Formando el equilibrio perfecto, una estructura irrompible, una alineación constante, imposible de ser modificada. Y lo buscado se vuelve una amenaza. Y ese equilibrio tan esperado comienza a jugar en contra. Su mente vuela, lo persigue, y se esconde tras una pared. Y pierde la cabeza. Pierde la razón, el sentido. Se pierde a sí mismo. Mira a un todo que va hacia un mismo lado, y sigue ese todo, e intenta alcanzarlo, pero no parece tener final. Y anhela escapar, busca un lugar por donde escabullirse, por donde adentrarse, para desaparecer por completo. E intenta nuevamente tomar algo, sujetar el aire, pero en esos ademanes desesperados de aferrarse a una realidad que desaparece, se da cuenta que las rayas que lo rodean no son físicas. Y en ese momento es cuando llega al límite de la desesperación. En ese momento, cuando uno se encuentra consigo mismo, cuando uno se encuentra solo con su propio ser, con sus pensamientos, con sus sentimientos, es cuando no soporta, cuando quiere estallar. Cuando se encuentra con un amor olvidado, con una asignatura pendiente, con un problema sin resolver. Y el equilibrio externo ya no importa. Desea equilibrarse internamente, pero ¿cómo lograrlo? ¡Si no tiene el coraje suficiente para enfrentarse con su alma, con su conciencia, con esa culpa que llama desde lo más hondo, con ese ser que implora piedad, que implora tranquilidad, que implora paz! Y siente la necesidad de arrancarse a sí mismo. De tomar su cuerpo, su piel, su carne, y desgarrarla, con sus propias manos. Y tira de su pelo, contrae su cara, estruja su cuerpo. Y grita. Grita con fuerza, pero sin sonidos. Grita su alma. Esa pequeña parte de usted que siempre lo acompaña, pero que nunca recuerda, en la que nunca piensa, la que nunca le importó. Ese alma que trae consigo todos los pesares, todos los conflictos... Y grita para poder salir. Para liberarse de ese organismo que la aferra a esa vida materialista sin sentido. Y usted llora. Llora porque cree que con esas lágrimas va a poder borrar el dolor. Porque siente que no puede más. Porque se siente insignificante, miserable, poca cosa. Porque la locura lo llevó a una incontrolable situación de desilusión, de miedo, de temor, de desesperanza. Y así, llora durante minutos, horas, ¿Quién sabe cuanto más? Quizá, días. Hasta que se cansa. Hasta que se duerme. O hasta que se seca, tal vez. Y ahí se vuelve a introducir en la realidad. Vuelve a ser quien era. Vuelve en sí, deseando nunca haberse encontrado con su propio yo.