De frente a ese paisaje, a esos árboles frondosos, a esa mota verde que se extiende a lo largo de interminables kilómetros de paraíso terrenal, purificando el aire, volviéndolo sano, increíble, que llena el alma, tan vacía, tan dejada, sintiéndose uno insignificante ante tal magnitud, solo, desamparado, sensible, nostálgico. Observando el brillo del sol, lejano, alzarse sobre nuestras cabezas, magnífico, solemne, y espeluznante a la vez, dándonos terror, terror a que desaparezca, a que se vaya, a que nos deje. Miedo profundo, oscuro, invadiéndonos de pies a cabeza, sólo con pensar en eso, en la falta del calor, en la falta del paisaje verde, extenso, que nos provoca esa sensación de inmensidad. Pensar en la noche eterna, junto con las estrellas tiritando, multiplicándose, maravillosas en lo alto, derramándose sobre nuestra mirada, volviéndose especiales, únicas, maravillosas, volviéndose la única luz que nos acompañe. Y mirar tus ojos, tus ojos con ese resplandor infinito, que me alumbra, que me conmueve. Mi corazón salta y se comprime. Tu belleza es arrebatadora. Me quita el aliento, la voz, el alma. Me vacía y me llena por completo. Me llena de luz, de esperanza, de amor. Porque te amo como nunca amé a nadie. Porque eres todo lo que quiero tener. Porque tu cuerpo me enloquece, me hace temblar, me revoluciona. Y lloro porque no te tengo. Y resisto no tenerte. No sé hasta cuando, pero lo intentaré.