la mano en la mejilla

Un día más. Llega al fin, y dentro de poco hay que cerrar los ojos.
Mañana arranca otro dia y no entendés por qué el de hoy ya terminó.
No entendés por qué, aún así aceptás. Porque así es, porque no lo podés cambiar.
En el silencio de la noche, el ventilador te hace de fondo. Ayuda a acallar lo que pensás. Ayuda y acalla lo que te viene a atormentar.
Afuera hay viento. Adentro un huracán.
Todo tan calmado, tan poco iluminado. Sólo un foco de por ahí le derrama su luz sobre un hemicuerpo.
La mano en la mejilla como siempre que se acuesta.
La cara sobre la mano, la mano en la mejilla.
El cuerpo solo, echado en la camilla, como un paciente que quedó en internación.
Y quizá así está, internado, desorientado. Así sería de ahí en adelante.
Sólo por un tiempo, porque todo pasa.
Sólo por un tiempo, la camilla estrecha, la incomodidad del cuerpo acurrucado.
La cara sobre la mano y la mano ahí porque está desocupada.
La mano puede agarrar y no tiene qué. La mano es sagrada, pero está vacía.
La mano le acaricia la mejilla pero no hay respuesta. Porque es la mano que le daba, y ya no. Porque las cosas simplemente se terminan. Como el día, como el mañana, como un pasado. Las cosas se terminan, se dilatan, se desacomodan, y vuelan en pedazos.
Pero terminan ellas y termina el dolor... Oh, o quizás persiste por un tiempo.
O quizá persiste por un tiempo, pero ¿cuánto tiempo más podría durar?