Se despierta de imprevisto. No, no lo vio venir, estaba durmiendo. Pero aún así no pensó despertarse tan tarde. La marca de la almohada en la cara es profunda. Esa marca, tan particular, que le demuestra que existió durante el tiempo que pasó desde que cerró los ojos hasta que los volvió a abrir. Esa marca que le hace de recordatorio lo bien que le vendría dormir así un par de días a la semana.
Bosteza con todo el cuerpo, se estremece. Mientras se mira en el espejo, se le estampa en el consciente un flashback de una memoria. Memoria reciente, un sueño quizás. Decodificando las imágenes resuelve una cara. Resuelve dos, la suya, propia, también. Distingue manos, un jacarandá, las luces disminuyen, las sombras se realzan. Ese mundo de sombras donde los tamaños son relativos y se es alto o bajo según la hora del día. Ese mundo de sombras donde sin luz no existen, sin ojos que las vean, ni cuerpos que las generen. La sombra de ambos se observa, caminando por Juncal. Son las 19 y los edificios se encargan de que anochezca más rápido.
Divisan el gomero, la plaza está abierta, se meten a caminar. Un hombre ofrece flores, y él sonríe diciendo "no, gracias", y él la mira, y ellos se ríen. Se ríen juntos de la situación, de ellos mismos. Se ven allí, como si el tiempo no hubiera pasado, aunque pasaron dos inviernos y ahora están ahí de nuevo.
Y lo quiere pero lo calla porque quizá es demasiado tonto.
Se sientan bajo el gomero a esperar que les digan que la plaza va a cerrar. Se sientan y se cuentan historias: él siempre tiene más, siempre más para contar. Y eso a ella le gusta porque siempre es ella quien habla en todos lados. Ahí puede disfrutar, sentir el placer de callar para escuchar. El tiempo pasa y no son muy conscientes de esto. Las horas pasan y se hace tarde, aún así no les importa, porque hay años que contar y memorias que recordar. Se ríen de la vida, de la plaza, de los edificios. Se ríen plenos.
Se siente plena, pero él no puede saberlo.
El guarda los alumbra con la linterna; la plaza cierra. Emprenden camino por Uruguay hasta Córdoba, no quieren irse, se hace tarde y no quieren despedirse otra vez. Vislumbra una luz del colectivo esperado, se acerca y la abraza, le besa la frente, le apreta los brazos.
A ella le florece el pecho, pero él no puede saberlo. Le da el cielo cada vez que hace eso.
Las imágenes se tornan borrosas, el universo flaquea. El sueño perdió fuerza, se está acabado (y no quiere). El origen de ese sueño, reviviendo ese día... Parecía tan real, ese abrazo, ese sentimiento, la voz temblorosa, los ojos brillando. Emoción pura, reencontrarse después de extrañar con el alma. Reencontrarse después de haberse perdido.
Otra vez ellos, ahora en Plaza Houssay, y él tiene que irse y ella que no quiere, y él llega tarde pero no la suelta, y quieren hacer eterno el momento, y el colectivo se acerca, y el recuerdo del sueño parpadea, quiere inventar la continuación pero no puede, porque no la hubo, porque ahí termina, porque cinco años después el alma sigue ahí, buscando esos ojos, avellana, miel, marrón claro. Esos ojos que una vez la vieron desde la vereda de enfrente, cuando aún eran pequeños y no pensaban en todo lo que venía por delante. Cuando no significaban, o apenas empezaban a significar. Cuando empezaron a escribir la historia, que tanto anhela continuar, pero se abstienen; repite en sueños, se turna para apreciar, lo recuerda una, y otra, y otra vez.
Que se grabe a fuego y no se vaya nunca más.
Que le traiga un beso en la frente, que le acerque el cielo al pecho una vez más.