Un cuerpo sostenido sobre una de sus dos piernas se mecía de lado a lado. El pie izquierdo sobre el cordón amarillo y de vez en cuando la punta del pie derecho sobre el asfalto para mantener el equilibrio. Los auriculares le daban el ritmo y se balanceaba mientras respiraba hondo para sentir el aire húmedo y esa geosmina no sé cuánto que ayer había leído que era la responsable del olor a tierra mojada. No había llevado el paraguas, pero mejor mojarse. Vibró el bolsillo del jean, roto sin querer. Era la moda, pero a ella ese jean la vestía hacía años, y se había tajeado de lado a lado en el medio del muslo derecho dejando al descubierto la oreja gris del conejo cadavérico que tenía tatuado sobre su piel. Cerró los ojos y volvió a respirar hondo. Una ráfaga de viento frío le levantaba las mechas de su corto y lacio pelo, cuya forma debía a sus tijeras y arranques histriónicos de necesidad severa de cambio de look frente al espejo del recibidor un día cualquiera de la semana. Mañataba las tijeras seguido, particularmente en esos días insignificantes, de los que no se recuerdan, de esos que se olvidan entre el resto de los días, que no sobresalen sino por un corte de pelo. Recortaba y veía las mechas caer al suelo con el placer de la liberación como cuando se sale de un día de trabajo largo o cuando se arranca el auto camino a la sierra o cuando se pone el pie en la escalera del avión. Ella necesitaba un poco de esa libertad y la ansiaba y le ardía la boca del estómago de tanta ansiedad. Seguía balanceando el cuerpo mientras tarareaba algún tema de The Head on the Door y recordaba un 12 de marzo de hacía unos años en un recital de esta banda que sonaba y se sonreía por los recuerdos. La añoranza le sentía bien, su alma nostálgica y melancólica gozaba la extrañeza de una forma particular, con un balance casi perfecto entre la producción de dolor y de felicidad. Creía fervientemente en que el dolor daba sensación de estar viva, y la felicidad era un estado del ser, pero la continuidad de la misma no le permitía discernir entre realidad o ficción, o extrañarla y valorarla como debiese. Tal como quien añora el calor cuando sufre el frío invierno, o quien extraña al Sol luego de días y días de lluvia. La necesidad de lo que se desaparece, la búsqueda de aquello que se representa intermitente. ¿Desearías, acaso, la luna, si esta gobernara tu cielo las 24 horas del día? ¿Qué le quedaría al mundo real si no existiera el mundo onírico para despojarnos, por un rato, de lo tangible y concreto?
Seguía con sus ojos cerrados apoyada sobre ese punto de equilibrio, puesto en práctica innumerables veces, en algún ejercicio de yoga o de elongación después del entrenamiento. Divisó de soslayo el cartel luminoso del colectivo que justo doblaba en la esquina en dirección al sitio donde ella estaba parada. Se sostuvo nuevamente con ambos pies, levantó su brazo derecho sin dejar de tararear. Subió, pidió el valor del boleto, se sentó al fondo a la izquierda. Abrió su mochila, sacó el Aleph. Sus ojos recorrían los primeros renglones de El Inmortal mientras una brisa entraba tenuemente por la ventana entreabierta, y despeinaba su flequillo. La mirada entrecerrada y un esbozo de sonrisa la caracterizaban. Cambió de banda sonora, ahora un álbum de Ludovico, ahora un la menor sonaba suavemente desde un piano grabado en algún lugar, alguna vez, ahora transmitiendo desde su teléfono. Tomó un mechón de pelo con su dedo índice y lo hizo bucle, para luego bajar su frecuencia respiratoria, cabecear dos o tres veces, y entrar en su sueño profundo express que debe durar poco porque el colectivo sino sigue y va a estar muy lejos de casa. Se adentra en el mundo onírico gradualmente, mientras su cuerpo pierde el tono, mientras suelta con suavidad el libro, que cae sobre su vientre abierto en la hoja 17. La cabeza tendida sobre el hombro derecho. La sonrisa, inmutable. Se mueve mientras sueña. Le vibra el cuerpo, le brilla la cara. Debajo de esos ojos puede ver y verse. Debajo de esa piel, un sin fin de ataduras sueñan con desatarse. Comienza el sueño, y se ve allí parada, pie izquierdo sobre el cordón, pie derecho en el asfalto, por momentos suspendido, por momentos se balacea. Vibró el celular en su bolsillo, omitido completamente. Piensa qué grato sería que el colectivo tenga un asiento libre, en donde sentarse a leer un libro de cuentos que puso esta mañana en su mochila. Una luz en la esquina y el semáforo se torna verde. Es ese, es el suyo. Aún sin ver el frente ya lo sabe. El reloj marca la misma hora que la última vez.
Sube, pide el monto, agradece. Mientras abona, divisa un asiento libre.
Al fondo, a la izquierda.
fue un
miércoles, mayo 30, 2018