Como si nunca lo terminara de conocer.
Como si fuese un desconocido.
Ella y él, como dos almas vagabundas, una en cada punta del mundo,
que sigue rodando, impaciente, sin parar para que ellos abran los ojos,
se detengan, y se giren a mirarse.
Mirarse y detenerse.
Detenerse y mirarse.
Mirarse en uno.
Detenerse en el otro.
Y dejarse llevar, escuchando al corazón.