Cada vez me siento más pequeña en este mundo que rodea,
tan mísera e insignificante, encerrada entre gigantes hambrientos
que esperan arrancar un bocado de la piel de uno,
obtener la mejor tajada del postre,
la maniobra final.
Cada vez tengo más ganas de cruzar los brazos y dar la espalda,
aunque no podría hacerlo, aunque no lo soportaría.
No concebiría la idea de vivir sin dar la mano,
sin que la solaridad reine
al menos en mi alma.
Cada vez me siento más contaminada, sucia, enjaulada.
¿Histeria innecesaria, alteración hormonal?
¿Qué tiene que ver todo aquello? Es una cuestión de actitud.
La actitud de los de arriba, que cada vez suben más escalones
y te siguen haciendo notar que eres pequeño, mínimo.