Las mentiras no siempre son mentiras. A veces, para algunos pueden serlo, pero para otros son verdad. Si logras convencerme de que no me mientes, seguro que te creeré. Y eso para mí pasará a ser una verdad completa, absoluta, irrevocable.
A veces uno dice la verdad, pero no hay quien le crea. Y la verdad ahí pasa a ser una mentira para aquel que sólo se basa en un ver para creer, y no cree en el otro. Porque el otro dice lo que siente, lo que piensa, lo que le pasa. Y está en uno la decisión de creer o no, de seguir o no, de formar parte de la farsa, o no.
Pero hay maneras de detectar la verdad. O averiguar la verdad.
Dicen que los ojos son la ventana del alma. Digamos que tan sólo basta una mirada sincera, fija, intensa, profunda, para descubrir.
Dicen también que el corazón no miente. Y hay quienes dicen que lo del corazón son puras tonterías, que eso de que el corazón se acelere cuando uno ve a alguien, siente a alguien, toca a alguien, es una mentira, una cursilería. Pero yo creo, por experiencia propia, que el corazón nos delata. El corazón nos dice la verdad, nos grita lo que sentimos, lo que pensamos, lo que ansiamos.
Quizá piensan lo que piensan con respecto a estas conclusiones.
Yo pienso que la mirada y el corazón no mienten.

Nunca mienten.