Hermosos los sueños. No saben de distancias.
Hallo un rostro en la almohada de al lado. Un rostro que me hace sentir en casa.
Esa sensación es extraña. Un rostro que me haga sentir en casa. ¿Qué representa?
Ojos cerrados y labios semifruncidos. Duerme, con tranquilidad. O al menos eso demostró durante la noche.
La piel está un poco fría. Yo al contrario estoy encendida. Siempre me abrigo lo suficiente al dormir.
Ese rostro tiene diez años. O veintipico. O cientos. O miles.
Da igual. No importa. Hoy es hoy.
Matices de blanco, grisáceo, pardo, anaranjado, asalmonado, verdoso. Ya no digo color piel. Es racista.
Bailan los matices dando espacio a un tono. Tono que prevalece en la mayor parte de su superficie, excepto cuando un poco de tinta china se interpone en el camino. Una moto, un cuchillo, dos banderas de largada (¿o de llegada?) serpientes y un rostro de mujer, palabras, también el rostro de un can. Los beso con las manos, y con los ojos. Los observo. Los aprendo. Los conozco.
El sueño me da espacio a recordar. A quedarme el tiempo que quiera en un recuerdo que me haya gustado. Como un explorador de memorias.
Así que me detengo a mirar con atención. Estás al lado. En mi cama y mi cuarto. No quiero despertarme.
El amor cruza barreras. La atracción es sutil cuando la conexión es tan fuerte.
No sé si fue el plano onírico de anoche, o la anestesia.
Me trajo hasta vos, con tu aroma, tu calidez y tu paz.
Hay silencio y no estoy en ese cuarto.
Hay más recuerdos de recuerdos, que recuerdos mismos.
Es extraña la nostalgia de lo no vivido.