día 82 - día 9

Esta mañana amanecí con la noticia de que nos habíamos visto en sueños.
Quizá te llegó mi pensamiento, intenso, cuando a la madrugada aún estaba despierta y pensaba en vos, con fuerza y energía.
Quizá así logré meterme en tu mente, alcanzarte en el plano onírico y abrazarte en ese aeropuerto donde dijiste que me viste.
No era el mismo aeropuerto en el que me encontrarás en nueve días, era uno inventado por tu mente, lo cual no quita que ayer no hayas estado allí, que yo no haya llegado en un avión, del cual había bajado, atravesando la barrera de migraciones y un océano de miles de kilómetros para verte de nuevo, con tu cara sonriente y tu calor suave de bienvenida.

Así anoche logramos abrazarnos bajo el cuidado del amor, que siempre nos protege, guía y cuida, como una familia. Porque justamente eso somos, una familia elegida, que sueña en conjunto y avanza, contra todo viento, contra toda marea, dejándose fluir y poniendo una sonrisa siempre.

Así te abrazo ahora, pensando con tanta fuerza, mientras te imagino dormir pacífico en la cama, extrañándome y soñándome, como te extraño y te sueño yo desde que te abracé por última vez, en un aeropuerto, no el mismo que soñaste ni en el que me vas a encontrar en nueve días, sino en el que voy a ver los rostros de las personas que más amo por última vez durante un buen tiempo. 
Parece como si fuera el lugar de ver rostros de personas que amamos, congregadas con el fin de acompañarnos hasta el último segundo posible en nuestro afán imparable de cumplir sueños y vivir experiencias.
Parece como si algo tirara de nuestro corazón y nos pidiera que vivamos, y nosotros no pudiésemos decirle que no.

Y es así. Tiró de vos, tiró de mí. 
Maravilloso el día aquel en el que compartimos en voz alta nuestro sueño de volar, y pudimos mirarnos a los ojos y entender que habíamos encontrado con quién hacerlo.
La felicidad sólo es real cuando es compartida.