día 81 - día 10

Florece el amor desde el centro de mi alma, como pimpollos de primavera,
incendiados con sutileza por el sol nuevo que amanece.
Amanece dentro, pues por fuera ya casi es invierno.

La calle está dura, más que nunca.
Las bocinas resuenan, una y otra vez.
Los motores aceleran, dejando humo negro al pasar.
La gente no mira para adelante, ni siquiera mira los ojos.
La trayectoria de su mirada forma un ángulo agudo
de unos cuarenta y cinco grados
con el eje longitudinal de su cuerpo.
Allí sostienen en el aire un aparato oscuro,
que a veces hace ruido,
otras vibra,
otras permanece en silencio.
Pero siempre, siempre, captura la atención.
Aparato que enloquece, que sesga, que distrae.
Que lastima la cervical, las retinas,
que enferma el corazón y genera adicción.
Que saca la mirada del frente y la pone hacia abajo.
Mientras el motor acelera y la bocina suena,
compulsiva.
Algunas veces intermitente,
otras, constante durante unos segundos.
Observo todo esto
mientras recuerdo mi capacidad
de permanecer ecuánime.
De mantener mi sonrisa,
mis pensamientos de esperanza
y mi amor floreciendo del pecho.

Amor que florece y llena el aire de color,
ese mismo aire que se tiñó de gris
cuando el último automóvil que se me adelantó
dejó una aceleración en mi rostro
mostrándome el poder de la máquina.
Poder que no tiene competencia 
con el poder del corazón.
Porque son de distinta naturaleza.
Aunque se asemejan en algo:
ninguno de los dos nos pertenece realmente.
Pero al amor podemos hacerlo aparecer
mágicamente.
Puede volverse el himno,
la palabra sagrada,
la actitud de cada acción.
¿Y por qué elegirlo?
Porque el amor crea,
sana,
abraza,
cuida,
es curioso,
se hace responsable,
escucha,
llora,
sufre,
duele,
ríe,
ama.
El amor ama. Desinteresadamente.
Floreciendo todo el año.
Así haga frío o calor.
Así en la cercanía como en la distancia.
En una noche de otoño,
en la que suena una melodía de fondo
que me da melancolía
mezclada con otros sentimientos
que jamás sentí
-por lo que aún no podría describir bien
de qué naturaleza son-
pero estoy segura
que surgen del amor.
Me vuelven infinita y eterna, pues me dividen en partes.
Partes de mí que se distribuyen
en los corazones de aquellas y aquellos
que supieron poner una semilla en mi corazón.
Semilla que hoy veo
convertida en tallo
con un pimpollo en la punta
a punto de florecer.
Semilla que fue regada con mi sangre
bombeada con intensidad por este corazón
que no para nunca de latir.
Que fue apañada con el calor
de las palabras de aliento
y el cariño incondicional
que siempre me envolvió
sin interrupción.
Porque siempre alguien se encargó
de mostrarme
que nunca me faltaría esa dosis de amor.
Que podía tomarlo o dejarlo, 
guardarlo o repartirlo.

Y acá estoy. Siguiendo el ejemplo de aquellas personas
que supieron mostrarme
que el amor
no era una situación en particular
sino una forma de vida.
Que no se trataba de vivir con o sin amor,
sino que se podía vivir desde el amor.
Como si hubiese estado dormida durante mucho tiempo
y de pronto me despierto
y todo parece claro y simple.
Y acá estoy. Entregándome a cada paso.
Haciéndolo saber.
Floreciendo pimpollos en mi pecho
y repartiendo semillas en los corazones
de aquellas personas
que se cruzan en el camino.
Porque a más semillas haya en cada corazón,
más flores florecerán de cada pecho.

Será un maravilloso espectáculo
ver
tal
florecer.