historia natural de una enfermedad llamada amor

Mis sentidos están empeorando.
Ayer, por la noche, ya percibí que mi nariz no podía despegarse de esta prenda que, ahora, llevo nuevamente puesta.
Se exacerbaron... No sé cómo actúa este virus, o bacteria, o si es autoinmune, aunque lo dudo, pues el agente transmisor está identificado ya, y aún así no dejo de pasar tiempo en su cercanía, en el mismo espacio, compartiendo ambientes.
Créanme, no es a propósito, es como una compulsión. Instintivo, impulsivo, producto de todo este cuadro clínico quizás. Se me modificó también hasta el sueño. Logré soñar un par de veces ya (¿será la fiebre?) de una manera muy realista.
El material de algodón retiene a la perfección esa mezcla de aroma entre su perfume de alguna marca -qué aún no identifico cuál- y los residuos de humo producto final de la combustión de ese tabaco con aroma a vainilla que suaviza su intensidad. Aroma a tabaco que jamás me gustó y ahora, sin embargo, me remite a su persona, estimulando a mi sistema límbico desde el sentimiento y la nostalgia. Y apoyo mi nariz para inspirar bien hondo y disfrutar, mientras in mente ordeno formas sin relieve pero con contorno, sin materia pero con energía, irreales en la dimensión tangible pero con tanta personalidad e identidad en la dimensión de mis recuerdos. Es gracioso ver la inocencia y ternura de un acto como este. La alegría del espíritu cuando una prenda de vestir cambia de cuerpo, desde aquel que siempre la porta, hacia un otro, completamente ajeno. Y es inevitable sentir cierta alegría, más allá de que sea/parezca una chiquilinada, porque este buzo es una extensión de su cuerpo, y yo lo tengo conmigo ahora, sobre mis hombros, conservando el calor de mi torso, evitando que me enfríe... Y, mientras tanto, acariciándome el interior del alma, mimándome rápidamente con el simple acercamiento de mi nariz al algodón, para inspirar bien hondo, y más allá de asegurar la función oxigenatoria de mi sistema respiratorio, afianzar mi condición de humana con el uso de mi sentido. Hermosa capacidad de estimular a mi aparato psíquico, para hacer temblar el estado basal de mi organismo por completo, de mi mente que hace horas, estanca, lee y relee hojas de información, intentando aprender fisiopatología, epidemiología e historias naturales de diversas enfermedades.
Y he aquí la historia natural de esto que algunos llaman enfermedad también, principalmente aquellos en los que el desenlace dejó más marcas con cicatrices que huellas de caricias e improntas de labios. Y algunos llaman enfermedad, y me remito a mi yo del pasado, que osó en pensar, en cierta manera, que lo era.
Tiempo de incubación, período de contagiosidad, etapa aguda, ¿cronicidad?, convalescencia, tratamiento, prevención... Prevención. Donde más hincapié me enseñaron a hacer. Donde más hincapié quise hacer.
De pronto, tengo fiebre. Me tiemblan las manos. Los labios eritematosos. Taquipnea, taquicardia. Piel erizada. Pupilas midriáticas. Sentidos afinados, exacerbados. Pierdo la capacidad de concentrarme en otro estímulo externo, en otro elemento del medio. Miro de lleno esos ojos, esa boca, la sonrisa que por momentos se asoma y yo que no resisto. Los síntomas empeoran. Hiperventilo. Me roza esa piel. Se eriza la mía de nuevo. Casualmente esa piel también hierve, también está erizada. Casualmente sus labios también están mordidos y su mirada está puesta de lleno sobre la mía. Casualmente también perdió la capacidad de concentrarse y hace un minuto que le hablo de la regulación del artículo 87 del código penal, y ante la repregunta para que me lo repita, no hay respuesta. Nos reímos y no seguimos adelante con la lectura, porque las ganas de acercar un poco más nuestros cuerpos y aliviar esos labios mordidos con un beso cálido son más fuertes que cualquier otra cosa. Y corre un perro a saltar sobre nosotros e interrumpir el momento. Seguimos riéndonos, lo mimamos y retomamos el estudio. Sonreímos con tanta paz... sonrío con tanta paz que no me hallo, no me reconozco. Será que la fiebre está agotando mis facultades mentales, quizás será que este virus tiene neurotropismo y llegó al lóbulo frontal de mi encéfalo. Quizá está allí llenando todo de soles, calidez, verde pasto, grandes árboles, sensaciones táctiles, el aroma de una piel, el color de dos ojos, el tono de voz, el sabor de un beso. El calor y la manipulación desnaturalizan proteínas, voy a perder mis facultades mentales...
Creo que estoy en el período agudo. Ayer, por la noche ya me di cuenta, ayer descubrí que mi sentido del tacto estaba en su máxima capacidad. Nunca había sentido mi piel así.
No sé cómo seguirá el avance natural de esto. Hice una ardua búsqueda bibliográfica pero los libros no me dicen cómo tratar, cómo prevenir, como evitar que siga introduciéndose en cada uno de mis órganos. No hay trabajos de investigación al respecto. Dudo que nadie haya estudiado este fenómeno... Sospecho que hay alguna cuestión económica o política de fondo.
Mi mente empeora cada vez más y no logro concentrarme. Temo que este avance sea irreversible, y de un día para el otro, ni siquiera reconozca haber escrito esto.
Si algún día la literatura logra describirlo, les pido, por favor... les pido, de rodillas, hagan a bien indicarme la referencia, el pasaje, el lugar donde se encuentra la medicación, el nosocomio en donde acceder al tratamiento, que iré así sea que sea la última reserva de energía que posea mi cuerpo... si es que esta enfermedad no termina con lo que está quedando de mi vida. Por favor, si lo conocen, comuníquense conmigo. Denme la oportunidad de sobrevivir al amor. Será un acto piadoso.