El alma reventada. Se siente aprisionado en una cárcel sin barrotes. No hay límites, y aún así los ve, los inventa, los crea. Tan humano que asusta. Tan humano que a otros les sorprende. Su condición de humano le permite atravesar esto, y sin embargo se niega. No puede con todo, y sin embargo lo intenta. El alma reventada, en el medio de la nada.
¿Cómo hace para rearmarse?
¿Qué tiene que hacer?
No tiene la fuerza necesaria, el miedo lo agota. En la cama yace, sin poder levantarse. Rola hacia el borde, cincuenta centímetros de distancia al suelo se transforman en 10 pisos de altura. Asusta tanto levantarse, hay un vértigo que lo ata. Presupone que el miedo es intrínseco a la vida, lo acepta así, lo propone como una realidad. Naturaliza su existencia, pero no se hace amigo, solo lo acepta. No lo enfrenta, sólo lo acepta. No intenta derrotarlo... sólo lo acepta. Vive con miedo, no puede levantarse. Le pesan los brazos. Le pesa la realidad. Le pesa la vida, tener que decidir, tener que enfrentar. Qué ganas de que, simplemente, todo fluya. Pero es tan difícil, pero la cabeza maquina, pero el alma pide a gritos una mano amiga, que lo pueda sostener cuando esté cayendo...
tranquilo... la mano está... ella te ataja.