Sentí que se desprendía la vida. Volteé a ver su cara, pálida como el cuarzo, tibia esta vez. Miré las mejillas mojadas y ese pelo de siempre, brillante, alborotado. Vi los ojos, vacíos de aquello que una vez me había enamorado. Suspendió el drama por un rato para decirme que no me vaya así, que era peligroso que manejara en esas condiciones. Mi mano, aferrada al picaporte, haciendo fuerza entre quedarme e irme, entre escupir una vez más las razones de mi partida o irme simplemente en silencio. Sí, quedarme no era intentar. Quedarme era momentáneo, para seguir hurgando con los dedos y ensuciando las uñas con esa plastilina de dolor y sufrimiento mutuo. Sus brazos intentaban abrazar de nuevo lo que alguna vez habían soltado. Mi cuerpo, libre al fin, desplegaba las alas y remontaba vuelo otra vez. Su mueca de sonrisa, cada vez que lo miraba, era solamente eso: una débil mueca, un intento de fulgor y esplendor entre tanta desdicha. Un silencio se hizo largo y sus piernas empezaron a temblar, mientras que nos inundábamos de miedo por los segundos que corrían. El tiempo se abalanzaba y exigía una elección. Pero mi rango de opciones era absolutamente diferente al suyo. Y, sencillamente, no pudo comprenderlo.
Después de abrir la puerta sentí sus brazos envueltos en mi pierna. Desde allí se irradiaba el dolor. Compungido, sollozando, hacía peticiones. Inentendibles. Incomprensibles, después de todo. ¿Quién era? ¿Qué hizo con lo que era antes? Ese ser indiferente que me había hecho sentir pequeña, inútil, inservible, incapaz de amar. Ese ser que había acumulado un océano de mi paciencia en formas de pañolenci, que terminaron en el fondo de un placard, esperando a las polillas. ¿Qué hizo con toda esa violencia, ese frío que transformaba en invierno mis veranos, que convertía en desazón las cosas fortuitas más lindas que llegaban a mi vida? Recordé todo esto mientras el corazón se me estrujaba. Había amor sujetándome las piernas. Amor desesperado. Amor nostálgico, que no aguantaba más, deshecho, mutando en algo oscuro y terrible. Un amor asesino, posesivo, que se imponía desde lo bajo, que intentaba alcanzar su objetivo disimuladamente, como lobo disfrazado de oveja. Era el mismo amor de siempre, ese que destruyó y rompió, ese que me cambió, que me volvió algo que no era... Pero que ya me acostumbraría a querer. Era un nuevo "yo", un tanto destrozado y pegado así nomás, con el que haría las pases tarde o temprano. Con el que me sentaría a charlar, en incontables noches de soledad, para conocerlo, controlarlo y amigarme con su presencia. Yo conmigo, sin eso que estaba allí, en medio del pasillo, sujetándome la pierna, desesperado por convencerme otra vez. Queriendo que me quede, sin darse cuenta que yo ya no era eso que le haría bien. Porque ya no podía dominarme. No podía seguir ejerciendo ese control sobre mí. Ahora era yo la que decidía, la que elegía por su bien, la que mimaba a su alma mostrándole que se ponía a sí misma delante de todo lo demás. Qué se cuidaba el corazón de que nadie más volviera a cazarlo desde lo más doloroso: el sentimiento de la frustración al ver al amor disfrazado de mentira.
Sacudí la pierna, miré por última vez, con los ojos al borde del llanto. No era la misma persona. No era él. La persona que había amado era otra. Un ser muy distinto, bastante divertido, orgulloso, espontáneo. Allí veía un ser en agonía. Un ser un poco tonto que descubrió tarde la verdad de todo. Que descubrió tarde que la libertad del otro es sagrada. Que aprendió tarde lo que era el respeto. Que descubrió todo esto y más recién al ver que yo ya no estaba ahí al lado, para escuchar sus locuras, ponerle una sonrisa a la vida, para vivir una linda vida, para llenarnos el alma de a dos.
Me arrimé hacia la puerta mientras seguía en el piso. Lo amé como nunca antes lo había amado. Le puse fin, le regalé un camino, un crecimiento. Le regalé la soledad que necesitaba y que siempre me pedía. Le regalé todo lo que me reclamaba: que me aleje, que no moleste, que la termine. Allí estaban sus peticiones, y aún más cosas. Estaban los nuevos caminos. Esos que no iba a poder descubrir si seguíamos dando rienda suelta al camino sinuoso, empedrado y oscuro que veníamos transitando, después de habernos asesinado mutuamente, de habernos arrancado el alma de sentir. De habernos dado vuelta el mundo.