ESCUCHÁ EL SILENCIO. Movete en detenimiento. Es absurdo, sí, pero intentalo. Hacé algo. Dispersate. Salí de esto. Desatate. La cuerda lastima, no sirve, te corta. Escribí, volá. Reencontrate. Tocá música. Inventala. Creá, ya que estás. Aprovecha toda esa fuerza. No la uses para lastimarte. Reinventate. Date forma. Siendo, sé. No pienses que ser simplemente es poca cosa. Significalo, viví, date cuenta de la vida que te queda. Date cuenta de la vida que te vale. Realizate y dejá correr por tu cuerpo la adrenalina de la existencia, el sentimiento de persistencia, supervivencia atravesándote el cuerpo. Alma y cuerpo como uno solo. Sé, siendo. No olvides tu ser. Condición sine qua non de entender es existir. Ser. Sentir. Todo aquello que estar vivo te permite. Todo aquello que persistir, en el tiempo en la memoria del resto, te hace darte cuenta de quién sos, de qué sos, lo que vales, lo que representas para los demás. Para vos mismo. Date cuenta. Siendo, sé. Mirate. Sé, siendo. Descubrite. Dispersate. Desatate. Que la cuerda no lastime. Que te mime, se haga amiga, te ayude a treparte, sin apretar. Viví, que queda poco. Viví, que el segundo que se fue no vuelve, que la palabra que gotea se drena del alma, que la frase se detiene en el tiempo y detiene todo avance, inmortalizando el deseo del alma, la sed de ser, el ser que no siendo, crea y dispone, inventa un universo, y allí se queda, ensimismado en su ser y no ser. En ese tire y afloje, entre el alma que se libera, y el alma que más que alma es cárcel, inútil e insignificante, oculta en la oscuridad de la realidad que tristemente no alcanza la superficie, mas que en una prosa como esta.