Necesita un lugar. Un simple lugar, no importa su calidez o comodidad. Es sólo un lugar, de esos en los que permanecer un rato. Al cual escapar cuando todo lo demás sea demasiado como para seguir sin un freno. Parar, descansar ahí, echarse unas horas. Admirar el techo, el piso, las paredes. Respirar profundo y olvidar la realidad. Ese lugar al que todos aspiran, que le haga de recreo al sentimiento, al miedo. Que frene los relojes, e imprima en la memoria los suaves vestigios de las manos, y la piel. Los ojos abiertos de par en par, humanizados, desconectados de todo lo demás. Apagada la cabeza, exacerbados los sentidos. Que exploten la garganta y el alma. Que haga eco a través de las miradas. Que se guarde en sus recuerdos y permanezca allí, indemne, fortaleciendo el día a día, hasta la necesidad de refugio, otra vez. Hasta que sus manos lloren por sujetar una mano ajena. Hasta que el suspiro se agote, exigiendo renacer.