Quién se esconde tras el manto de lo perfecto, sólo oculta un sinfín de miedos, secretos y dolores. Decir más allá de ser, hablar más de lo que se pueda hacer. Llenarse la boca, pregonar sin parar. Sobre sí, sobre los otros, sobre lo que ni siquiera está seguro de saber. Criticar impunemente, decidir por sobre los demás. ¿Cuál es el motor que nos empuja a actuar de esa manera? ¿Qué le sucede al ser humano para ser tan despreciable y cínico? Aún teniendo una capacidad tan grande para amar, para dar, para servir a los demás... Aún teniendo un espíritu tan inmenso, con tantas posibilidades de engrandecerse, con tanto potencial para ser magnífico, transparente, maravilloso, sabio... Y aún así, aún con toda esa ventaja, se embriaga de inmundicia, avaricia, y orgullo. Apático, vengativo, codicioso, avaro. Y cada vez son más, cada vez aumenta la cantidad de personas que prefieren ese camino, lleno de odio, de desprecio, asqueroso, nauseabundo. Y temo por los ideales. No se trata de utopía, se trata de lo que siento. Eso que siento que está bien, que llena de placer, que da fortaleza. Temo por los sentimientos reales, verdaderos. Por los buenos modales, por la solidaridad, la nobleza. La empatía. La confianza. El respeto. El cariño, el amor, inmensos. Temo al paso del tiempo. Temo que todo esto desaparezca día tras día, y con el correr de los años, ya no quede nadie que vele por la pureza del alma. Temo caer yo también, algún día, en el mismo juego que los demás.