¿Quién te vendió esos sueños de cartón? Alguna vez alguien me dijo: "no le compres nada al vago de la esquina". Se supone que esos no tienen nada bueno para ofrecerte. Porque te venden llamas que se apagan con la primera llovizna. O quizá ni siquiera aguanten un poquito de humedad... Pero eso, eso quería preguntarte. ¿De dónde los sacaste? ¿Quién te los inventó? ¿Quién te creó así, iluso? Te robaron la sonrisa en la primer caída. Podés levantarte, igual. Pero no querés, porque mirar todo desde allí arriba se volvió demasiado duro. Porque hay sueño deshecho, cartón mojado, se rompe, desarmándose, podrido. Y creés que es irremediable y para siempre. ¿Por qué pensás en esas cosas? Esconderte debajo de las sábanas no va a hacer desaparecer al monstruo que está ahí parado, en la puerta de la habitación, con baranda a muerte saliéndole de las fauces. Tiene las uñas afiladas, restos de carne entre los incisivos. Una lengua sedienta se escapa entre sus labios. Lo ves, ¿no? ¿No? ¡No! ¿Cómo vas a verlo? Si estás allí escondido, debajo de la sábana, esperando que desaparezca, por arte de magia... ¿Y quién sabe si lo que yo te estoy contando es cierto? Quizá no es un monstruo... Quizá es tu madre con una buena noticia, con un regalo en sus manos... O, quizá... ¡quizá es tu perro! Quizá es un amigo que tiene ganas de jugar a la PlayStation un rato con vos. Quizá ni siquiera es nadie, quizá nadie está ahí parado y es sólo tu imaginación. O quizá es una mujer, esbelta, con cara de dibujito, no tan bella como otras ni tan gentil como otras, ni tan ubicada como otras ni tan delgada como otras, ni tan fina como otras ni tan femenina como otras. Quizá no tiene la altura que desearías ni los ojos color marrón, quizá no tiene el pelo largo y rubio brillante, y lacio danzante, que le roce la parte baja de su espalda. Quizá su maquillaje está desordenado, un poco corrido. Puede que tenga un trozo de orégano entre los dientes porque se olvidó de mirarse en el espejo antes de salir. O que tenga olor a pizza en las manos porque no quiso perder ni un segundo: ni siquiera terminó de comer y corrió a tu habitación para verte, porque te vio en su mente, allí, acurrucado, tembloroso, debajo de tu escudo: esa sábana tan volátil y violable. 
         Sí, quizá no se quede allí parada toda la vida. Seguro se siente en el piso y saque sus libros mientras permanece leyendo en silencio. Quizá se vaya un par de minutos para buscar algo de comer. Quizá se acerque a la cama para ver si escucha una respiración debajo del género. Quizá ponga algo de música y trate de despertarte.
           No va a ser perfecta, mucho menos se va a acercar a la perfección que vos buscás. Pero viene llena de amor. Quizá a veces diga "no" y no cumpla los caprichos 24/7. Quizá hable de más. Quizá diga idioteces sin sentido o cosas demasiado complejas que a vos ni siquiera te interesan. Quizá hable de filosofías delirantes que se pierdan en espacios siderales. O quizá se queje, llore, putee. Quizá un día no aguante más y se golpee hasta quedar inconsciente. Pero luego recuperará el semblante y retomará su lectura, su silencio, su sonrisa. Te mirará pensándote allí, debajo de tus sábanas, encerrado en tu pequeño mundo, simplemente, esperando. Esperando que te destapes.