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Necesito relajar. Respirar hondo y mirar el techo sin pensar en nada. Estar segura y feliz con lo que tengo y con lo que soy. Quizá es algo iluso de mi parte el hecho de pretender sentirme de esa forma. A medida que fui creciendo no sólo me volví más inconformista sino que comenzaron a molestarme más cosas. Sumado a eso, mi tendencia al llanto se exacerbó indefinidamente. Me siento sola la mayor parte del tiempo, a veces hasta incapaz, dudando de mi misma y de mis capacidades, no sólo en relación al aprendizaje sino también con respecto a mis relaciones. Formo vínculos muy rápido pero no me preocupo por alimentarlos, y voy de la risa al llanto, de la admiración a la decepción, en cuestión de segundos. Digo perdón todo el tiempo y me echo la culpa de la mitad de las cosas que suceden en la vida. A veces, hasta me responsabilizo de las cagadas de los demás cuando no tengo nada que ver. No logro enojarme, no me sale discutir; no sé cómo hacer para llegar a esa instancia sin culminar en pleno llanto y una presión en el pecho. Estoy débil y caída, quizá son las pastillas que tomo, o quizá es fin de año. Pero no tengo ganas de levantarme a veces. Duermo mucho, me acuerdo poco de los sueños, y por lo general, son sueños que lastiman. Y, cuando hay sueños lindos, ni me esfuerzo por cumplirlos, por miedo a fracasar, y que la realidad me decepcione. No quiero formar parte de grupos pero son intrínsecos a la organización en sociedad, no puedo inventarme un paradigma propio si estoy inmersa en el sistema. Es así, son condiciones, son reglas que aceptar para vivir la vida. Pero, ¿si no acepto? ¿Dónde me quedo? ¿Cómo seguiría la historia?