incendio

Corrió hasta donde quiso. Hasta alcanzar la luz del Sol. Buscando que el Sol vuelva a quemar.
Y así fue: quemó. Hondo y profundo, directo sobre su cara, sus hombros, su espalda. Quemó y dejó la carne viva expuesta, sangrante. Dejó heridas en cada parte porque así son las quemaduras, porque así es el fuego; intenso, se apodera, avanza, sujeta absolutamente todo. Arde en llamas cada centímetro y no hay forma de apagarlo, no hay lluvia que detenga el incendio. Y quema la piel, y no sólo eso, sino que también ahoga el humo. Proviene de su propio cuerpo, prendiéndose, desarmándose, perdiendo todo lo que alguna vez fue: esa suavidad, ese brillo, esa pureza. Se convirtió en un cuerpo ultrajado, roto, lastimado. Áspero, todo cortajeado, supurando. Mezcla de lástima, mezcla de asco. Verlo así, irreconocible, frente al espejo que también está quemando. Como el techo, las paredes, la mesa y las sillas. Las ventanas, los muebles, la ropa del armario. Su mascota, una guitarra. Una foto. Una carta. Todo arde en llamas. Se muere el hogar, se cae, se hace pedazos. Ya no existe como tal. Su casa dejó de ser lo que era para reducirse a cenizas. Se desarma su hogar, y se desespera, ahogándose en su propio humo, en su propio dolor. Y escucha crujir su piel como si fuese leña, leña ardiendo incesantemente, con un fuego incontenible, que sólo se irá cuando la haga desaparecer. Cuando se detengan los gritos. Cuando deje de oír ese crujido, ese fuego, esos gritos, esa muerte,... aproximándose.