Y uno ve cómo la vida se nos va pasando, cómo el tiempo se va para no volver más, como perdiéndose en la oscuridad de una noche sin luna ni estrellas, y nuestras manos quedan vacías, cada vez más desgastadas, mostrando los signos del paso de los años, del vivir, de la experiencia del ser. Y sólo nos quedamos con un puñado de recuerdos, unas pizcas de momentos, y vivimos aferrados a ellos, solitarios, sintiéndonos abandonados por aquellos que ya no están, a la espera de volver a encontrarlos, a la espera de conocer nuevas personas... a la espera.
Vivimos a la espera, y del recuerdo
Desilusionados por un pasado que no fue, impacientes por un futuro que se hace esperar...
Pero, ¿qué hay del presente?
¿Qué hay sobre el amigo que está a nuestro lado, sonriéndonos? ¿Qué hay del abuelo que espera un llamado, sentado al lado del teléfono durante horas, quizás? ¿Del hermano que está atareado, dentro de la casa, ordenando, limpiando, y necesita una mano?
Y nosotros seguimos allí, sentados sobre esa ventana, mirando hacia la nada, observando un cielo nublado y esperando que se despeje, o que rompa a llover, preguntándonos por qué fue así, qué es lo que sucedió, cómo fue que todo se arruinó, deseando que las cosas no se frustren nuevamente, esperando por un salvador que llegue al rescate, y pidiendo a un dios por un futuro más próspero. ¿Pidiendo? ¿Por un futuro? ¿Dejando todo a la deriva sin poner la mano de uno para colaborar en que exista un porvenir?
Y mientras tanto... ¿Qué?
Mientras tanto no existe.
No hay "mientras", ni "ya", ni "ahora", ni nada.
Seguimos allí, sentados, como muertos en vida, como viviendo sin vivir, viviendo del despertar del pasado, del sueño del futuro, sin importar el presente...