No estoy bien. Pero eso no significa que esté mal.
No me siento mal, pero a su vez tengo malestar.
Un malestar es sentirse mal, pero yo no siento que me esté sintiendo mal, sino que siento un malestar.
Un malestar es estar mal, pero no estoy mal.
Sin embargo tengo un malestar.
Pero lo que no tengo es un bienestar. Y tampoco estoy bien.
Así que con esto del bienestar no la complico tanto. Porque si no tengo un bienestar, y tampoco estoy bien, no hay ninguna contradicción.
Volviendo al malestar, ¿cómo comprobar que uno se siente mal cuando en realidad su cuerpo está bien? ¿cómo demostrarle a alguien que a uno le duele el alma? ¿cómo demostrarle a alguien, si uno no está pálido, o descompuesto, o débil, o con vómitos?
No, uno está bien, orgánicamente. Pero, ¿y el ánimo? ¿y el corazón?
-¿Duele mucho?- preguntaría un doctor.
Pero, en términos del amor, ¿cuánto es mucho? ¿cuánto es poco?
¿Es una enfermedad también, o sólo forma parte de una ocurrencia, una idea flotante en la mente de cada enamorado, que se tortura durante incontables horas pensando en supuestos amores que lastimaron, abandonaron, o dejaron?
El dolor de ser dejado, de que a uno lo abandonen, así como así. Sentirse un perro callejero, que durante días se alimentó de un cuenco repleto de sobras que algún considerado decidió sacar a la calle. Y de repente, llegar a la puerta de aquella casa, aquel lugar que comenzaba a llamar hogar, y darse cuenta que aquel considerado se ha ido, que se convirtió en un desalmado, que no dejó aviso o advertencia, para que sepamos que nos dejaría y para acostumbrarnos a su ausencia eterna. No, tan sólo le llamó la atención su ausencia, y esperó esa noche, y la siguiente, y el mes que le siguió... Y murió, allí, esperando que otra vez, en algún momento, vuelva aquella persona. Deseando que nunca se haya ido, que siempre haya estado allí, para atenderlo, acariciarlo, alimentarlo... amarlo.
Amados nos sentimos, y cuando nos abandonan, el alma se nos muere. Pero espera allí, latente a revivir. Espera que vuelva, que nos reencuentre, que nos rescate. Y en la espera, busca saciar la sed, llenar el vacío, pero a pesar de que lo intenta, sus gestos sólo son máscaras, sus caricias, inventos, y lo único sincero que lleva adentro es dolor.
Dolor y lágrimas.
Dolor por el abandono.
Dolor por el desamor.