—A este ritmo, entonces, me voy a morir antes.— dije, conservando el gesto cordial y amable— Si en un año vivo diez, estaríamos también asumiendo que me voy a morir más joven.
Luis se quedó mudo. Y mirando a la nada, con melancolìa y un poco de oscuridad en su rostro, dijo "es verdad..."
Rápido buscó otra opinión a un amigo en común sobre mi forma de vivir la vida, para ayudarnos a salir de la idea de la muerte temprana. Amigo en común reforzó, con otras palabras, diciendo que vivo la vida de forma tan intensa que logro hacer en un año lo que otros hacen en diez. La energía y la atención eran las claves.
Afortunadamente no dijo nada de la muerte, con lo que Luis se distrajo, y todo volvió a la normalidad. Y digo afortunadamente porque antes de eso quise pedir disculpas por haberle ensombrecido el rostro, y aclararle que no me había dado miedo su vaticinio, sino todo lo contrario. Pero son cosas que no se hablan en cumpleaños ni en festejos. Porque al final morir joven también tiene sus ventajas, más aún si la vida se vive como si cada día fuera una semana: salvar al alma de los velos sombríos y del dolor irrefrenable de ver morir a los que amamos.
La cuestión es, ¿cuántas almas oscurecerían con mi ausencia temprana? La sola idea de que haya por lo menos una, me ralentizó el corazón y me dejó perdida en pensamientos de tristeza y resignación. Qué fácil se pierde la mente en el dolor.
Sigamos sin hablar de esto ni en los cumpleaños ni en los festejos, entonces. Que sólo quede como una idea expresa en prosa, palabras y frases de alguien que quizá esté destinada a morir antes de lo pensado, pero no quiera hacerlo y se aferre a la vida como quien no quiere la cosa...