Silencios que a veces son externos, aunque siempre hay un ruido de fondo. Los dejo ser, entre tanto ruido interno a pensamiento. Intento alcanzar un silencio sensorial. Me desconecto de mis sentidos. Me quedo adentro, acá, en mi mente. En mi memoria. Con mi inconsciente.
Mi cerebro proyecta imágenes que interpreto. Me veo a mí, parada en una línea de tiempo que se proyecta a ambos lados de mi cuerpo. Veo la fuerza que tiene hoy, muy distinta a la que ha tenido. Alguna vez tembló debajo de la superficie de mis pies.
En la proyección encuentro razones, motivos, excusas. Difícil aceptar algunas cosas que se hallan entre tanto silencio. Pero en meditaciones previas hice un trabajo muy fino a través del cual le puse una bandera roja a la sensación de dificultad a la hora de aceptar. Aceptar debía ser sencillo. Era algo que quería cambiar.
Es muy fácil cambiar cuando somos conscientes de nuestra sabiduría, inteligencia y resiliencia. Es muy fácil cuando nos autopercibimos moldeables. Cuando cada vez menos cuerdas nos atan. Menos conceptos nos identifican.
Sorprende hacia fuera el cambio. Yo me río. Pareciera como si muchas yo quisieran ser al mismo tiempo. Todas se ríen y yo coexisto con ellas. En distintas dimensiones, quizá, soy cada una de esas yo que no soy en esta. Me da curiosidad, pero no me preocupa, ni me ocupa. Sólo disfuto.
Sorprende ver lo distinto que puede ser todo hoy, en relación a lo que era ayer. La fotografía hizo un poco más difícil este paso. Todo queda registrado y una tiene acceso a esos registros.
Borro, borro y borro. Imágenes que aparecen una y otra vez. Yo misma reflejada en la pantalla. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Qué quería? Hace un año era alguien que no recuerdo. ¿Cómo puede ser posible? ¿Cuánto durará la que soy hoy?
Recuerdo tu cara esa tarde. Esa era la otra yo. La que te miró con el sol de frente y te sonreía, mientras te deseaba. Quería abrazarte y besarte bajo ese atardecer que nos regalaba noviembre, quería sujetarte de la mano y decirte que quizá podíamos intentarlo, que capaz yo me había equivocado al elegirte de amigo y no dejar ser ese sentimiento de amor que había surgido, y no dejaba de fluir. Lo había visto ser pequeño, sutil, inentendible. ¿Qué alimentaba ese sentimiento de amor? No era la carne, ni la sangre, ni el contacto. No había caricias ni calor físicos. Ese amor crecía en mente, en sueños, pensamientos, deseos, telepatía; alimentado estaba ese amor, y aún así, creía que se marchitaba. Y yo lo miraba sobre la cama, pensando que moría, y lloraba sin entender bien por qué debía dejarlo morir. En mi preocupación descuidaba otro retoño, que era brillante y parecía que crecía fuerte, pero no daba frutos, ni jamás los iba a dar; no enrraizaba, ni jamás iba a enrraizar. Lo sabía, muy adentro mío, y lo sabía tanto que lo expresaba. ¿Cómo explicar esta sensación? ¿Cómo dar a entender una sensación interna, en palabras, en frases, contextualizando, si es un sentir, no una palabra? Intenter comunicarlo, y dejar un gusto amargo difícil de olvidar. Romper hilos del lazo que unía, lazo que se disgregó, poco a poco, y se tradujo en dolor, sufrimiento, desidia. ¿Cómo recuperarse de tanto rechazo? Difícil que la razón no entre en juego al ver que el cielo se convirtió en un infierno... Y todo por una sensación. Difícil que la razón no tome partido, y le saque peso al amor. Porque pareciera que con el amor no alcanza. Y si no hay cuidado, ¿hay amor? Si no hay respeto por las ideas de quien acompaña, ni una intención de conocerlas, de entenderlas. Si no hay intención de conocer al otro en sus infinitos aspectos, conocer su día a día, sus intenciones, sus cambios y transformaciones, sus aprendizajes, sus percepciones. Negar los cambios y decir que alguien no era así, negar el cambio y protestar acerca del cambio de quien acompaña. Decir "te amo" no alcanza.
El amor no es una palabra, es un hecho. Sentimientos a flor de piel, pensamientos, ideas, emociones. Bah... ¡Qué sé yo qué es el amor! Intentar definirlo es negar su esencia etérea, intangible, anespacial. Y si es anespacial, es atemporal. Ahí es cuando comprendo por qué cuando te miro siento que el tiempo se detiene. La vida se vuelve eterna, en un momento. Como si fuera el último momento comparatido. Como si no quedara más que ese segundo en el que te abrazo, y me abrazás como si la vida fuera ese segundo, y pregunto en voz alta qué habré hecho tan bien, y me decís que te preguntás lo mismo, y no puedo evitar recordar esa tarde de noviembre sentados en una piedra bajo el sol de la primavera, no puedo ni quiero evitar recordar ese abrazo que te di como si fuera el último, sin saber cuándo iba a volver a verte, sin saber cuándo iba a poder volver a abrazarte así, y a la vez sabiendo que ese abrazo era eterno, que ese amor nos unia más allá del tiempo, y del espacio, o de hallarte cerca o lejos, o de poder tocarte o sólo pensarte y soñarte; abrazándote así para siempre, con tanto amor, con un amor pequeño e inentendible, alimentado por un lazo espiritual que solo Dios sabe hace cuántas vidas nos acompaña, sólo Dios sabe por qué nos encontramos ahora, a esta edad, en este momento de nuestra historia, sólo el Universo sabe de nuestra conexión, interplanetaria, interestelar, intergaláctica. En esta vida, en las previas, en las próximas. Hoy tengo el placer, la elección, la posibilidad de abrazarte día a día, como hago desde que te encontré, como hacés desde que me encontraste, siempre unidos, como si de toda la vida nos conociéramos, porque nacimos a tiempos parecidos, a poco de conocernos, y de ahí en más nunca más quisimos dejar de vernos crecer, de ver cómo aprendíamos a hablar, a comunicar, a sentir, a respetar, a cuidar, todo en primera persona. Aprendimos a amarnos. A nosotros mismos. En primera persona, del singular o del plural. Da lo mismo. Si somos lo mismo. Somos uno con el Todo. Con el Universo.