Así me entrego a vos, y te entregás a mí. Día a día, en la intimidad, en la cotidianeidad. Nos regalamos nuestro tiempo, ofrecemos escucha, nos preocupamos y ocupamos. Hablo en plural porque así lo siento, nos siento dos, aún individuos, siempre personas diferentes, independientes, libres, que se eligen cada día y cada noche. Te elijo, me elegís, nos despertamos abrazados y no queremos dejar de hacerlo. Te miro a los ojos, aún cerrados, y yo que me desarmo del amor que siento, no hallo más que hacer que seguir abrazándote con más fuerza, seguir acompañando tu sueño, y dejarme llevar por la sensación más pura que sentí por alguien alguna vez: amarte a vos. Crecí, y conmigo creció mi capacidad de sentir. Y vos estás viviéndolo de cerca, siendo el remitente de mi consciencia de amor.
Te movés un poco, motorizado por algún sueño que te intercepta, o por la intención de reacomodarte y hallar más comodidad. Y yo que te quiero seguir abrazando me adapto ergonómica, y te rodeo por la espalda con un brazo, cuya mano termina en tu pecho. Acerco mis labios a tu nuca y estampo uno a uno todos los besos que no te di mientras dormíamos. Tu piel suave y cálida me agradece graciosa, erizándose. Y yo que te quiero seguir besando, te sigo besando, pero torcido, porque te beso mientras sonrío. Y me pregunto si en la próxima vida reencarnaré en alguno de todos esos lunares que hallo en tu espalda. O como gatos. O etéreos, coexistiendo en el espacio, fundidos...
Pero esto es atemporal. Viene de más allá, de más lejos de donde creo que viene. Viene de algún sitio que jamás he visto, no es Lavalle 345, ni ninguna discoteca, parque municipal, o ciudad costera. No, esto viene de antes, antes de crecer, antes de nacer. Viene de ese sitio que no sé dónde queda con certeza, pero que tiene una sucursal habitando dentro de mí, y otra dentro de ti. Viene de ese lugar al que elevo mis intenciones, que no son más que verbalizaciones de aquello que quiero lograr, así que no sé bien hacia donde las elevo además que hacia mí misma (y hacia vos, que me escuchaste). Pero no importa de dónde viene. No importan, ni el origen, ni el destino. Porque el origen es el destino. Y el origen será revelado cuando lleguemos al destino, destino lejano, desconocido, maravillosamente impensable, e impredecible. Y yo que te amo tanto, me entrego por completo al camino. Línea temporal que une dos cabos. Línea sobre la cual caminamos, más menos haciendo equilibrio, a veces saltando, otras corriendo, otras pocas sin tantas ganas de avanzar, pero moviéndonos, todo el tiempo, de cerca, de muy cerca, celebrando la dicha. Sin buscar explicaciones, ni motivos, sólo dejándonos ser. Dejando ser este sentimiento que nos hace caminar y reposar de la mano. Ese mismo que te(nos) hizo sentir identificados cuando David le dijo a Sofía que en la próxima vida quería reencarnar... en el lunar de su pecho.