carta a vos/1

Me despierto. Miro hacia un lado. Tus labios forjan una sonrisa sutil. Sonreís mientras dormís, ¿sabés? Tu rostro plácido me cuenta que aún te abraza Morfeo. Tu cabeza reposa sobre la misma almohada que la mía. Mi mejilla izquierda me hace de apoyo. Un monte se extiende entre tu nariz y tu oreja. Tersa, pálida, su superficie de piel cálida me genera una ternura que jamás había sentido. No me aguanto y poso mis labios sobre tu pómulo, que late, y me alegra que así sea. Comisuras juntas, pero levemente abierta mi boca en el centro, para contrastar tu suavidad con la humedad de mi mucosa. Te beso la mejilla con tal sutileza, que parece como si ni siquiera te tocara. De hecho no quiero despertarte, sólo quería que te llegue la información, también al plano onírico, de que hay alguien que vela por tu seguridad, tu crecimiento, tu integridad, tu independencia. Agradezco cada mañana por tener de paisaje tu rostro a mi lado, tu cuerpo desnudo y caliente que me envuelve casi siempre, y que apenas descubre que no me envuelve cambia de posición al instante para rodearme en besos y abrazos que me recuerdan algo que no sé si viví, pero probablemente soñé. Sonrío mientras le agradezco al cosmos, a la gracia divina, a la gloria eterna, a Dios. Sonrío y veo que abrís despacito tu párpado obturado, e inmediatamente tu sonrisa se pronuncia más, y me saludás con un beso que me dice que me desea un buen día y que me ama con locura sin siquiera mover una cuerda vocal. En el medio del beso reímos, a veces yo, a veces vos, reímos y nos besamos los dientes y nos volvemos a reír más, y agradecemos juntos ese despertar, ese día nuevo. Nos reímos del destino, la fortuna, el desamor, nos reímos de lo bueno, de lo malo, de lo que pasó y lo que va a pasar. Nos reímos de la suerte, y asumimos la responsabilidad de que no fue suerte, sino elección, ni fue simplemente fluir, sino decisión. Hallás en mis brazos una cuna, hallo en tu pecho un compás que me tararea un arrullo. Me abrazás fuerte sin dejar de besarme y me decís lo mucho que te gusta despertarte a mi lado. Empiezo a creer que la intuición es mi gran aliada, y que todo es perfectamente impredecible hasta que sucede aquello que siempre se quiso. Como si lo impredecible se disolviera en un instante, y con eso el tiempo, y también se disuelve su línea, que nos separa del pasado y del futuro como si fuéramos otra cosa que la que fuimos ayer, o que la que seremos mañana. Empiezo a ver que los caminos a los metas son tan importantes como las mismas metas. Empiezo a ver que este amor tiene entidad propia, y asumo cuidado compartido, continua atención, respeto profundo, curiosidad única e inagotable, y responsabilidad implacable. Empiezo a ver que me salta el corazón, de alegría, de paz, porque ese amor es reflejo de lo que hallo hacia dentro. Empiezo a ver que puedo amar mi existencia tanto como aprendí a amar, y que fui mi principal maestra amándome a mí, y no desde el egotismo, sino desde la aceptación de mi Yo completo, mi ego, mis miedos, mis traiciones, mis locuras, mis irresponsabilidades, mi falta de interés, y mis compulsivos instintos, animal y mental, que me alejaban de mi Existencia. Empiezo a ver que tengo frente a mí un alma pura, llena de Vida, completa, con una cara al sol y otra en la más profunda penumbra. Árbol cuya copa asciende intentando tocar el cielo, a la vez que las raíces más hondo penetran en el frío, húmedo y oscuro suelo. Empiezo a ver a la vez que cierro los ojos, para sujetar con mi mano derecha el monte de piel suave que se expande en tu mejilla izquierda. Cierro los ojos y sonrío, nos tocamos las narices y damos las gracias juntos. Quizá alguna lágrima de emoción sale rodando por ese pliegue en el que los párpados se abrazan. Quizá brota un abrazo intenso que no quiere terminar. Quizá volvemos a abrir los ojos y nos alejamos unos centímetros para vernos un poco desde lejos y ver qué tan real es, qué verdad existe detrás de este sueño que se escapó de las arcas de Morfeo para bajar a Tierra, tangible, en la que te puedo mirar de lejitos y festejar que sí, que somos dos almas sujetadas de la mano caminando muy de cerca, una al lado de la otra, mirando hacia todos lados, dibujando caminos con los pies. Cerca, juntos. Amando. Disfrutando. Contemplando. Adorando. Abrazando el sueño que se tornó inolvidable, ese sueño que no sólo se escribe sino que se vive para recordarlo y hacerlo uno con la línea de tiempo, que baila frente a nosotros y nos muestra el futuro, el pasado, lo que sí, lo que no, lo que tal vez. Línea de tiempo de la cual también nos reímos porque no existe el tiempo, lo creamos en conjunto. Tiempo compartido, regalado sin más que por el placer de construir, compartir y ser uno con el otro. Es que fue tan dulce hallarte... y tener la oportunidad de amarte le da más sentido a todo. Más brillo. Más sol, aún en medio de una tormenta. Sólo por poder amarte. Sólo por hacerte saber lo especial que es tu existencia en este tiempo y en este lugar. En el mismo tiempo y lugar en el que yo existo. Mi fiel compañero. Amor de mi vida. Cielo que miro y contemplo con nostalgia sutil por todo lo vivido, y con emoción inagotable de todo lo que queda por vivir.
Gracias por Ser.